Reporteros Unisinú es un semillero de proyectos investigativos de carácter periodístico creado con el fin de compartir los trabajos de los estudiantes del programa de Comunicación Social de la Universidad del Sinú Elías Bechara Zainúm de la ciudad de Montería.
viernes, 30 de mayo de 2014
jueves, 29 de mayo de 2014
El gato: rebelde, militar y ladrón.
PARA PROTEGER LA IDENTIDAD DEL GATO SE
RESERVA SU VERDADERO NOMBRE.
EL GATO: REBELDE, MILITAR Y LADRÓN.
La
situación económica era cada vez más apremiante, no tenía un solo centavo,
Eugenio López llamó a uno de sus colegas para saber cuál era el plan. “Peyo,
necesito plata, ¿puedes venir en la moto?, necesito rebuscarme algo”.
Por
Karen Lorena Martínez Galeano
A
eso de las siete de la noche era difícil encontrar una víctima que no se
convirtiera en un dolor de cabeza. A través del cristal de protección del casco
Eugenio y su acompañante divissaron transitando por la acera a una ancianda de
más o menos unos 60 años. Parecía llevar un bolso, era necesario averiguarlo.
Los
gritos y el murmullo de la gente consternada más que despertar el alboroto se
conviertieron en una cortina de humo que hizo desaparecer en medio de la noche
a los dos hombres, ya con el bolso en sus manos.
Es
así como muchas veces Eugenio López, a sus 25 años, se sirve de sus artimañas
como ladrón para llevar a su casa unos pesos para comer. Recien
había llegado de un agitado día en la universidad. Encontré en la terraza de mi
casa a un viejo amigo, con el que solía compartir tardes de juego. Me pidió un
vaso de agua, también le ofrecí asiento, de modo que pudiéramos conversar.
“En
los negocios sucios me conocen como El Gato. Te voy a contar una breve
historia”.
Eugenio
era simpatizante de la vida fácil, a sus 16 años escapó de su casa. No parecía
tener necesidad alguna de hacerlo. Su familia, en aquel entonces lo tenía todo,
pero la rebeldía sin causa de un adolescente cegado por el vicio y el deseo de
libertad lo llevó a las calles. En varias ocasiones regresó acompañado de ayuda
psicológica, que finalmente resultó inútil.
Había
pasado por las mejores instituciones educativas de Montería: Gimnasio
Vallegrande, Gimnasio América, Liceo Montería, Colegio Nacional José María
Córdoba y finalmente el Liceo Universitario Juan Manuel Méndez Bechara, donde
culminó sus estudios en el año 2008. En
su estancia en las calles buscó la manera de conseguir dinero para costear sus
gastos personales que iban desde elementos de aseo hasta dosis mínimas de
cocaína.
Mientras
tanto su madre, una mujer joven y preocupada por las andanzas de su hijo buscaba
la manera de ofrecerle un mundo mejor y financió sus estudios de Arquitectura y
Obras Civiles en el Tecnológico San Agustín. La
vida de Eugenio transcurría entre las drogas, la delincuencia común y las
extorsiones hasta que un día la policía lo capturó por porte ilegal de
estupefacientes entre las calles 38 y 39, sitio que se conoce como “La Zona”.
Permaneció
pocos días bajo la custodia de las autoridades, pero el verdadero problema para
Eugenio no era estar en la cárcel, sino lo que le esperaba al salir. Las
personas con las que había negociado no estaban felices y le seguían la pista
por haber perdido la mercancía que debía ser vendida, lo que lo obligó a
escapar de la ciudad hasta Coveñas, Sucre, con el fin de prestar el sevicio
militar en la infantería de Marina.
Tras
tres meses de entrenamiento logró jurar bandera y fue trasladado a Corozal bajo
el cargo de guardia. Una
noche después de haber recibido, uno de sus compañeros le presentó una idea que
Eugenio no consideraba del todo descabellada. Recibió de manos de su amigo un
pequeño y arrugado papel en el que se encontraba anotado un número telefónico.
Una
vez llegada la madrugada eugenio se animó a llamar, al otro lado de la vocina
contesta una mujer en un tono suave y lujurioso, se trataba de Johanna Madrid
una prostituta paisa que recién había celebrado sus quince años. Eugenio
la invitó a pasar la noche con él. “Le di lo que mejor sé hacer” añadió eugenio
entre carcajadas en medio del sofocante calor del medio día.
La
chica encantada, después de haber aceptado las condiciones de eugenio: blusa
roja, minifalta blanca y tacones negros; asistió. Después
del furtivo encuentro Johanna y Eugenio frecuentaban sus visitas hasta llegar
incluso a entablar una relación sentimental, que dio como resultado un
embarazo.
Eugenio
no veía con buenos ojos el oficio de su mujer, con el fin de conseguir algo más
rentable le ofreció ingresar drogas a la cárcel de Corozal a través de un
método que consistía en embutir sustancias alucinógenas en preservativos que
viajarían dentro de la vagina de su Johanna. Luego
de 15 meses y a tres días de finalizar su servicio militar Eugenio fue
suspendido por insubornación según el código militar por intento de homicidio a
un suboficial, depués de dispararle con un fusil en su pierna derecha.
“El
tipo me empezó a molestar y me sacó la piedra y fue ahí cuando le metí un
balazo” dijo mientras se acomodaba en la mecedora, tomando el último sorbo de
agua. Eugenio
abandonó a su mujer y su hija, Sharon, que para entonces tenía tres meses.
Johanna se negaba a compañarlo en su regreso a Montería, así que decidió volver
solo.
Tres
meses después conoció a Rosa, una mujer joven, cabello negro de contextura
gruesa y baja de estatura. Una mujer amorosa y trabajadora con la que
actualmente convive.
Eugenio
trabajó temporalmente en una constuctora y una vez finalizado el contrato y al
ver que la situación económica empeoraba con el paso de los días decidió volver
a delinquir.
“Salí de allá y me encontré con la cruda realidad: que la libreta militar no sirve para nada. No encontré trabajo y ajá… me puse a robar”.
Carmela: "la señora que tiene Sida"
Reportaje
Carmela: “la señora
que tiene Sida”
Carmela Naranjo sigue siendo para los habitantes de
Ciénaga de Oro toda una desconocida, cuando la ven solo dicen “la señora que
tiene sida”, a ella no le ha quedado más que seguir pidiendo limosna en las calles
y casas del pueblo, mientras que su marido solo hace por conseguir para
satisfacer sus vicios y maltratarla.
Por: William Alberto Almanza Posada.
Ciénaga de Oro
Entre la multitud desinteresada por la gente que no tiene
recursos económicos para hacer su mercado observo a “la señora que tiene sida” pidiendo
limosna para comprar algo de comer. Carmela Naranjo es una mujer de piel
morena, con manchas en todo el cuerpo y el rostro desgastado por la enfermedad.
En el año 2010, la señora Carmela llegó desplazada por la
violencia del departamento del Atlántico al municipio de Ciénaga de Oro,
Córdoba, a radicarse en el territorio que llaman comúnmente “La invasión”, donde
vive con su esposo y sus cuatro hijos de siete, cinco, tres y dos años.
A los dos años de estar radicada en Ciénaga de Oro quedó
en embarazo de Juan Luis (su hijo menor) quien también se encuentra contagiado
de la infección de transmisión sexual, a casusa del mal cuidado de su embarazo.
La vivienda en la cual habita esta familia de invasores
se encuentra construida a base de restos de tabla, algunos clavos oxidados, el
techo esta hecho de palma y uno que otro pedazo de cartón. A simple vista se
puede observar el mal estado de la vivienda, la poca pintura que le queda a las
tablas y el piso de tierra.
Su compañero sentimental es un señor de aproximadamente
40 años, también infectado, se le nota el deterioro físico y psicológico. “Él
sale a tomar y consume sustancias alucinógenas, cuando llega en ese estado me
maltrata”, aseguró Carmela mientras cargaba a su hijo menor.
Carmela vive de lo poco que recoge en las calles, la
mayoría de veces que se acerca a pedir una limosna para darles de comer a sus
niños es discriminada por la enfermedad. “Desde que estoy aquí no he podido conseguir un trabajo,
la gente me desprecia porque dicen temer a ser contagiados por mi enfermedad”,
expresó con una voz entrecortada, al tiempo que trataba de recoger su cabello
enredado y sucio.
Sus cuatro hijos se encuentran privados de la educación,
puesto que no tienen recursos económicos para asistir a un plantel educativo.
No obstante, el padre de estos menores no se preocupa por la educación y el
alimento de ellos. Su única preocupación es conseguir, expender y consumir
droga.
Esta humilde familia se vino desplazada desde el
municipio de Soledad, Atlántico de donde fueron sacados a golpes, ultrajados y
todas sus pertenencias fueron tiradas a la calle, esto desató ira, tristeza en
ellos. Tanta fue la necesidad que las pocas cosas que tenían tuvieron que
venderlas para poder sostenerse varios días hasta saber a dónde irían.
En medio de la tristeza y el desespero de Carmela al
cargar con sus tres hijos y un mal marido tomó la decisión de vender su cuerpo
al mejor postor, para así poder conseguir el dinero suficiente para trasladarse
a otro lugar. “En marzo de 2010 nos vinimos en un bus que pagamos con
lo poco que habíamos reunido, pero no contábamos con la suerte de que solo nos
alcanzó para llegar a la Ye”, afirmó la señora Carmela.
La búsqueda de un techo para ellos y sus hijos fue
inútil, pues no encontraron donde vivir. Se vieron obligados a seguir su camino
pidiendo limosnas, comida y demás cosas que les fueran útiles para sostenerse. Entre chances, ruegos y malas caras lograron llegar hasta
Ciénaga de Oro, municipio que se encuentra aproximadamente a 40 minutos de la
capital Cordobesa.
“Nuestro propósito era llegar a Montería pero el cuerpo ya
no nos daba para más”, afirmó Carmela recordando esa travesía. Como no tenían dinero, ni conocimiento de dónde se
encontraban optaron por caminar por las calles del pueblo, buscando donde
quedarse y pidiendo algo de comer para los niños.
Después de varios días caminando en las calles, durmiendo
en las terrazas y en las bancas del parque se fijaron en “La invasión”, sitio
donde habitan familias desplazadas y de bajos recursos. Fue allí donde lograron
radicarse y armar la casa en la que hoy viven.
Después de dos años de estar en Ciénaga de Oro quedó en
embarazo riesgoso, lo que la obligó asistir al centro hospitalario, donde le
practicaron unos estudios médicos los cuales arrojaron que la paciente Carmela
Naranjo se encontraba contagiada de VIH (Sida). Dada esta circunstancia fue enviada a casa bajo recomendaciones
médicas para que tanto ella como su bebé estuvieran en buenas condiciones de
salud, pero no fue así. Para Carmela era el fin del mundo.
Sentía la necesidad y la urgencia de tener que contarle a
su compañero sentimental la dura realidad de ser portadora de VIH por tratar de
conseguir unos pesitos. “Cuando le conté la amarga noticia mi marido se perdió
varios días de aquí, regresó drogado y borracho. Desató su ira y lanzó golpes
contra mí”, relató Carmela.
Al ver que la situación no mostraba mejoría, se vio
obligada a pedir dinero y enseres en las casas para alimentar a sus hijos,
mientras su marido solo se preocupaba por sus propios beneficios, no superaba
la traición de Carmela al haber acabado con su vida por dicha enfermedad.
Carmela Naranjo sigue siendo para los habitantes de
Ciénaga de Oro toda una desconocida, cuando la ven solo dicen “la señora que
tiene sida”, a ella no le ha quedado más que seguir pidiendo limosna en las
calles y casas del pueblo, mientras que su marido solo hace por conseguir para satisfacer
sus vicios y maltratarla.
domingo, 25 de mayo de 2014
Asesinato en El Diluvio
24 años después su yerno descubriría, en medio de una borrachera,
las verdaderas circunstancias de la muerte de Pablo Rivera.
ASESINATO EN EL DILUVIO
En el año 1990, Pablo Rivera
encontraría la muerte sentada en la mesa del Diluvio, conversando con sus
amigos, a la espera del instante preciso
Por: Hamilton Luís Negrete Ortega
I
A la mañana siguiente Santos
Rivera cargaría con la trágica noticia a casa de Luis Negrete. El cadáver había
sido encontrado junto al árbol de zapotillo que estaba a unos metros de la
entrada del Diluvio. Santos ignoraba que aquel hombre conocía todos los
detalles sobre la muerte de su hermano.
II
Pablo Rivera era uno de los muchos
trabajadores que hacían parte del cuerpo de jornaleros de la hacienda El
Diluvio, ubicada a unos diez kilómetros al sur del municipio de Tierralta,
Córdoba. Con 850 hectáreas y bañada por decenas de riachuelos que desembocaban
en la ciénaga de Betancí, era una de las haciendas más extensas y prósperas del
Alto Sinú.
Contaba con un gran número de
hombres y mujeres que durante el día se repartían los quehaceres y mantenían en
pie la propiedad. Era una casona antigua de treinta metros de ancho por treinta
de largo, protegida por una cerca de roble, con hermosos patios y jardines que
rodeaban el inmenso corredor de piso que comunicaba la casa, la cocina trasera
y los jardines principales.
Pablo se dedicaba a labrar la
tierra para la siembra de maíz, arroz o cualquier otra cosa que proporcionara
ingresos a la hacienda. Era un indio entrado en años, tenía las manos
agrietadas y manchadas por el trabajo.
Sostenía amores con una de las
vecinas del Diluvio, una mujer corpulenta, color canela llamada Clemencia y por
la cual tuvo un violento percance con Jaime Negrete, primo de Luis, e hijo de
un poderoso hacendado de la región.
En el enfrentamiento por el amor
de Clemencia se sortearon a ras del machete los sentimientos de la mujer. El primero en atacar fue Pablo, quien lanzó
una fugaz estocada al torso de Jaime, que para su suerte y desgracia detuvo el
arma de un solo movimiento. El filo del machete se deslizó dolorosamente sobre
la palma de su mano y le causó una hemorragia que lo obligó a trasladarse a un
hospital de Tierralta.
Jaime estuvo a punto de perder la
vida desangrado a causa de aquel incidente.
Encolerizado por el hecho,
Bienvenido Negrete, padre de Jaime, decidió vengar a toda costa la injuria que
le fue causada a su hijo.
III
Al día siguiente, a eso de las
nueve de la mañana, en medio del que prometía ser un sol sofocante Luis Negrete
descuartizaba una vaca en uno de los patios del Diluvio.
La servidumbre preparaba el
desayuno y la hacienda recibía la visita de un par de muchachas, hijas de
Alfredo Palacios.
Untado de sangre y sesos de pies a cabeza Luis
divisó desde el patio contiguo a la cocina a tres hombres que a pie atravesaban
el jardín desde el trecho que da a la entrada, pasando por el salón de piso en
bruto, hasta llegar a su encuentro.
Se trataba de un hombre fornido,
de manos gruesas y tez amarilla. Lo acompañaban dos hombres más, ambos de piel
morena. Uno de ellos tenía una verruga al costado derecho de su boca y el otro
era delgado, de contextura no muy
robusta.
Luis imaginó por sus rasgos que
podrían ser campesinos.
—Buenos días. Mire, ¿Por qué no me
regala un poco de desayuno? ¿Hay algo de comida? — preguntó el hombre de tez
amarilla.
—Si no hay se les prepara— propuso
Luis enérgicamente.
Los ojos de aquel hombre
escrutaron con detenimiento la ropa manchada de sangre hasta la última hebra.
—Oiga uno estando así, sucio de sangre,
pero lleno, está sabroso— comentó en el instante en que dirigía sus pasos en
torno a la mesa.
—¿Quiénes trabajan aquí? —
preguntó nuevamente.
—Aquí trabajan John Negrete,
Plinio Negrete, Gustavo Negrete, Roberto Negrete y yo me llamo Luis Negrete—
contestó Luis en un tono amable y conversador.
—Aquí todos son Negrete— respondió
el hombre con un aire burlesco y algo sorprendido por la casualidad de los
apellidos.
—¿Y aquí no trabaja Pablo Rivera?
—Sí señor.
—¿Y dónde está?
—Está en la orilla de aquella
quebrada— Luis apuntó con el dedo en dirección a los potreros que se
encontraban detrás de la casa —. Es bastante lejos.
—¿Y está hondo?¿Está muy malo eso
por allá?
—Está malo— reiteró Luis.
—¿Y a qué hora regresa?
—Como a las doce del día
Las respuestas parecían no
convencer a los visitantes y la vehemencia de sus preguntas despertaba cierta
curiosidad en Luis. Debía ser una cuestión de dinero.
—¿Y para ir allá está muy hondo?
—Está hondo, hay quebradas en las
que hay que nadar para atravesarlas.
—Entonces habrá que esperarlo— tomó
asiento, le ofreció un par de taburetes a sus acompañantes y dio por terminada
la conversación.
Al cabo de un tiempo la
servidumbre se dispuso a servirles el desayuno: mazamorra, tajadas de plátano
verde y queso.
Mientras devoraban con avidez el
plato celebraban a las mujeres su buen sazón para la comida.
—Yo sí como mazamorra, bastante.
Fui criado de abuela y ella nos daba mazamorra desde pequeños— comentaba.
Las horas pasaron, el creciente
calor señalaba la llegada del medio día y el hombre de tez amarilla y sus
acompañantes aguardaban pacientemente. Pronto las mujeres comenzarían a
preparar el almuerzo.
IV
A las doce en punto, vestido con
una camisa y un pantalón cuyos colores no alcanzaban a descifrarse entre el
fango, la tierra y el polvo la figura tostada de Pablo se vislumbró en los
potreros, aproximándose a la casa.
Una vez a la sombra del Diluvio
Pablo se dirigió inmediatamente a su habitación, un cuarto pequeño que se
encontraba repleto de sillas para montar y toda clase de objetos relacionados
con la caballería. Se despojó de sus mugrientas prendas y se puso una bermuda
de overol para luego ir a comer. En la mesa se encontraban Luis,
las hijas de Alfredo Palacios, el Moncholo (uno de los vaqueros de la
hacienda), Alberto Vega (el capataz) y los tres hombres que lo buscaban.
—¿Cómo están?— saludó Pablo al
momento que tomaba un taburete y se ubicaba entre Luis y el Moncholo.
—Bien— respondió satisfecho el
hombre de tez amarilla —. ¿Es usted Pablo Rivera?
—Sí señor, a sus órdenes. ¿Qué se
le ofrece?
El hombre llevó su mano al
bolsillo, desenfundó una pistola de un color blanco cegador y apuntó
directamente a las costillas de Pablo. Luis experimentó un gélido temor
que recorría su espalda y le congelaba los nervios. Sus ojos se pasearon por el
lugar y se posaron exaltados sobre el Moncholo, que se encontraba pálido y
flaqueado por el horror, al igual que los demás.
—¡Arree guevón!— Imperó.
El hombre de tez amarilla insertó
sus ojos en Pablo, que dominado por el miedo y la sorpresa no era completamente
consciente de lo que sucedía a su alrededor. Desorientado, se levantó de la
silla sin pronunciar palabra alguna. Pablo y sus verdugos avanzaron
unos cincuenta metros hasta el camino que daba entrada y salida a la hacienda.
Luis se puso en pie y se dirigió
rápidamente al cercado para poder treparse y observar con más claridad lo que
iba a suceder.
—¡Bájate de ahí Lucho!— replicaba
la pequeña muchedumbre que aún impávida no se recuperaba del estupor de aquella
escena.
—¡No, yo quiero ver qué van a
hacer con él!
V
Los tres disparos: uno en la nuca,
otro en la espalda y el último, pero no menos letal, en la parte de atrás de la
rodilla hicieron eco atravesando el aire viciado por el calor y retumbando en
los oídos de quienes se encontraban en la casa.
En medio de la sofocación causada
por el estruendo y tras exclamar anónimamente "¡Lo mataron!" la
servidumbre y gran parte de los trabajadores saltaron las cercas y envaretados
rumbo a los bajos de las quebradas
Algunos se escondieron entre las
plantaciones de plátano, huyendo de aquellos hombres que podían acabar con sus vidas, tal como
hicieron con Pablo. En el lugar solo quedaron Alberto
Vega, las hijas de Alfredo Palacios y Luis; quien después de haber pasado el
día con los asesinos no sentía temor. De haber querido matarlo a él, o a
cualquier otro, lo habrían hecho desde un principio, eso pensaba.
—¡Vienen para acá!— exclamó Luis
al tiempo que saltaba desde lo alto de la cerca y se incorporaba a la compañía
de los que aún permanecían en la casa, a la espera de cualquier cosa.
—Y los que estaba aquí, ¿A dónde se
fueron?— preguntó el hombre de tez amarilla al llegar, mientras recorría con
sus desorbitados ojos el lugar.
—Todos se fueron. Saltaron a las
quebradas y los bajos— informó Luis.
—Bien, entonces los que están aquí
vengan con nosotros— señaló el camino hacia un pequeño corral que se encontraba
detrás de la cocina, donde solían encerrar a los carneros.
La zozobra los consumía.
Todos se
miraron unos a otros, temerosos de que aquellos hombres no quisieran cabos
sueltos. ¿Los torturarían? ¿Los asesinarían para sembrarles silencio absoluto?
Nadie sabía, solo restaba obedecer.
El hombre de tez amarilla se subió
a una de las estacas de la carneriza y
se dirigió a los presentes:
—Bueno, matamos a ese hombre
porque hacía ya siete años se estaba persiguiendo su vida jurídica. Lo matamos
por ladrón, cuatrero y otras cosas más— explicó.
Sus ojos examinaban detenidamente
a sus espectadores, para asegurarse de que comprendieran el mensaje a
cabalidad. De su bolsillo izquierdo sacó una
especie de cigarro blanco que empezó a fumar mientras hablaba. Las espesas
gotas de sudor resbalaban por sus sienes, atravesaban sus mejillas y golpeaban
la tierra con una fuerza torrencial. Sus compañeros se mostraban igualmente tensos.
—Ese señor que está muerto, ¿Qué
se hace con él?¿Se avisa o qué?— preguntó Luis.
—¡No!— repuso violentamente —De
aquí nadie se mueve a avisar nada. Que pase alguien por ahí, lo vea y avise.
—Bien, pero yo no soy de aquí, ¿Me
puedo ir a mi casa?— volvió a preguntar Luis. Quería salir de ahí lo más pronto
posible.
—Usted puede irse a su casa, pero
así— se llevó el dedo índice a la boca —Callado.
Dichas estas palabras Luis ensilló
uno de los caballos de la hacienda y se puso en marcha hasta su casa, no sin
antes tomar el almuerzo, incluida la porción de Pablo. En el camino se detuvo a observar
el cuerpo inerte de Pablo que se encontraba tendido sobre la hierba, de cuyas
heridas se desbordaba la sangre de un color carmesí, acentuado por el sol.
El caballo dio varias vueltas al
cadáver y clavó la pezuña en una de sus heridas (la que tenía en la parte
trasera de la rodilla). Luis echó andar al animal.
Luis atravesó rápidamente las
hectáreas que separaban su casa del Diluvio, asediado por el miedo de que lo
estuvieran persiguiendo, o peor aún, de que alguien lo detuviera para
interrogarlo. Le comentó a su esposa lo
ocurrido, asegurándose de que guardara el secreto, y se echó a dormir.
VI
A la mañana siguiente Santos
Rivera cargaría con la trágica noticia a casa de Luis Negrete. El cadaver había
sido encontrado junto al árbol de zapotillo que estaba a unos metros de la
entrada del Diluvio. Santos ignoraba que aquel hombre conocía todos los detalles
sobre la muerte de su hermano.
Luis salió a recibirlo, sentía
vergüenza por la inocencia de Santos y temor de que supiera algo que él no.
—Lucho— saludó Santos.
—¿Qué se le ofrece?
—Vine a decirte que mataron a
Pablo.
—¿Cómo va a ser?— contestó Luis
con la mayor sorpresa que su farsa le permitía exteriorizar.
—Solo quería pedirte un favor. Que
nos regales unas tablas para mandar a hacerle la caja.
VII
Días después Luis se enteraría que aquellos
hombres que acabaron con la vida de Pablo eran guerrilleros de las Farc y que
ese mismo día habían asesinado a otro hombre en una hacienda vecina. La
hacienda era propiedad de un poderoso terrateniente de la región. Su nombre era
Bienvenido Negrete, padre de Jaime Negrete.
Del llanto a la sonrisa
La música, la fe y el perdón sanaron su corazón.
DEL LLANTO A LA
SONRISA
Roberto Padilla vivió una odisea par alcanzar sus
sueños y ser un hombre próspero, de bien y que aporta a su comunidad.
Por: Juan Martínez Caraballo
Se abren las puertas de la humilde morada de un luchador por la vida y por el fortalecimiento
de lo que se llama unión familiar, resaltando valores presentes y principios de
disciplinas enseñados desde la antigüedad, él es Roberto Carlos Padilla Doria,
un joven que con su estilo de vida nos demuestra que vale la pena vivir y avanzar
hasta el final por cumplir los sueños en la vida.
Nació el 11 de marzo de 1991 en uno de los más
hermosos pueblos del departamento de Córdoba en Colombia, llamado Ciénaga de
oro, cuna ferviente del folclor y el porro.
Roberto pasó terribles situaciones al ser fecundado en
un hogar disfuncional en donde ambos padres tenían sus familias formadas. En
este ambiente fue concebido y sin
cuidado alguno fue puesto en el hogar de la madre biológica, la que tenía por
pensamiento en ese entonces que este era un hijo de desgracia y maldición para
su vida.
Ella no lo quería, por ende, no le daba ninguna clase
de afecto, amor y protección. El menor, después de un descuido al que fue
puesto en su lugar de residencia se debatía entre la vida y la muerte, solo,
tirado en una porcelana de aluminio y enfermo pudo ver en la vida una segunda
oportunidad.
Su prima tenía por costumbre visitarlo todos los días debido
al aprecio que sentía por él, ella al percatarse que la casa estaba cerrada con
seguridad por ambas partes y escuchar el llanto despavorido de aquel niño
dentro del lugar corrió y puso en marcha un plan de rescate. Fue así como logró entrar. Tomó al niño medio muerto y
lo llevó al centro de salud más cercano, donde le dieron atención inmediata y
pudo volver a respirar y tener aliento de vida.
El resultado de toda esta odisea para un niño
abandonado y rechazado, puesto a la terrible oscuridad de la soledad y el
abandono, fue el ofrecimiento que dio su prima a la madre de Roberto, que
consistía en tomarlo como un miembro más de su familia y darle los cuidados
necesarios para su bienestar físico, basándolo en la enseñanza de valores
cristianos y practicas espirituales para fortalecer su fe, ya que ella era
cristiana.
“La vida es el regalo que alegra tu alma en el momento
en que esta quiere desfallecer”, comenta Roberto con su tono de voz un poco
entrecortado al recordar estos episodios y sentir el dolor del pasado.
Al seguir escuchando esta historia comenta que tuvo
una niñez muy diferente a la de muchos niños, ya que le tocaba estudiar con los
pocos recursos que su madre putativa conseguía en diversos oficios domésticos. Sus juegos eran salir a la calle con frutas o
artesanías en madera que vendía para ayudar con las necesidades del hogar, al
mismo tiempo le tocó crecer y ver el estable bienestar económico de sus
hermanos biológicos, los cuales en la escuela lo negaban y decían que él era un
accidente.
Su madre no quería tener ninguna clase de acercamiento
con él, ni mucho menos de interacción por no ser un hijo del entorno familiar, su
padre fue irresponsable, nunca le ayudó en lo que necesitaba y solo vivía su
vida en placeres sexuales. Llevaba una
vida desordenada, llena de amigos por dinero e intereses personales. No
siendo todo esto poca cosa, a su casa en el barrio San Isidro amigos,
familiares y vecinos cercanos acudieron a doña Gladys Padilla, madre de su
prima quien hasta ahora es la cuidadora y responsable de él.
Le aconsejaban que lo donara a alguna familia
extranjera o que simplemente lo entregara a una entidad del estado protectora
de los derechos de la niñez. La señora Gladys no escuchó voces negativas sino que
creyó en lo que tenía y todos los días le decía “tú serás grande, tú eres muy
bueno, tienes buenas habilidades y talentos”, palabras que llenaron su alma, su
espíritu y mente para tener como meta ser un campeón de sueños, explica
Roberto.
A los 8 años de edad descubrió su habilidad en la
música y su buena expresión artística, fue en ese entonces cuando participó en
diversos festivales de música cristiana donde ocupaba los primeros lugares. Contó con la aceptación de maestros de la escuela,
amigos y familiares que lo apoyaron económicamente para que nunca dejara de
soñar, así creció y se desarrolló bajo la mirada inclemente de la pobreza y la
necesidad
Se puede resaltar algo muy importante en todo esto, y
es el alto grado de fe que trasmitieron sus padres putativos para que Roberto no
decayera ante la prueba y la adversidad. Logró ser un gran líder juvenil. A los 12 años de edad
ayudaba a otros a poder surgir de la pobreza, fue también personero de su
institución educativa, reconocido entre los mejores por su disciplina y
desempeño en lo que hacía.
Del mismo modo
Roberto ha ganado reconocimientos por bienestar familiar y
organizaciones sin ánimo de lucro por sus buenas ideas y deseos de ayudar a
cambiar la cara de la situación actual a nivel global.
Hoy en día Roberto pudo perdonar a sus padres,
abrazarlos y ayudarlos en diversas áreas de su vida, fomentando la importancia
de valorar a todas las personas por muy malas que sean; no con odios ni
rencores, sino con un corazón humilde y sincero para los demás.
En medio de todo lo acontecido logró ingresar a la
universidad estudiar Administración en Salud, luego a una empresa privada y trabajar con un salario digno en donde
puede ayudar a los suyos y darle lo que en algún tiempo le faltó y hoy está a
su alcance.
Es importante avanzar en medio de las pruebas “no
rendirse ni desfallecer, sino más bien levantar nuestra frente en alto creer en
nosotros mismos y decirle al mundo y a Dios: viene mi mejor temporada”, explica
Roberto con un alto grado de convicción, que nos lleva a imaginar que todo se
puede lograr si nos lo proponemos.
"Las limitaciones físicas están en la mente" Pello Elías
“LAS LIMITACIONES FÍSICAS ESTÁN EN LA MENTE” PELLO ELÍAS
La discapacidad no es un impedimento para
lograr lo que se quiere
Por: Miguel Ángel Guadiola Mizger.
Acostado
en su cama, con un celular a su lado, un viejo abanico prendido, calmando el
calor que azotaba la mañana, al lado su silla de ruedas y en la pared cuadros empolvados,
retratado con su padre, el juglar del acordeón Alejo Durán y parte de su niñez, vive en su pequeño cuarto
ubicado en la Avenida al Hospital en el municipio de Sahagún Pedro “Pello”
Elías Peña, como cariñosamente le llaman.
Pedro
Elías Peña, es un acordeonero de 53 años de edad quien por más de 30 años ha
estado sin caminar, debido a un disparo que recibió en medio de una discusión
en una caseta en Sahagún, hecho que lo llevó a permanecer el resto de sus días en
una silla de ruedas. Sin embargo, este episodio tan amargo no ha sido
impedimento para mantener la alegría que lo ha caracterizado a lo largo de su
vida.
Nació
en el municipio de Sahagún un 9 de septiembre de 1960, hijo de José Miguel
Elías, oriundo de una familia con vocación musical, he ahí su inclinación por
tocar este hermoso instrumento; su madre, Alcira Peña, es una ama de casa,
dedicada a su hijo y que siempre se encuentra a su lado para apoyarlo en todo lo
que requiera.
Pedro
Elías, lleva más de 41 años dedicado a la música, a los 12 años de edad
aprendió a ejecutar el acordeón que le regaló su papá, incentivado por las
notas de Alfredo Gutiérrez, Alejo Durán, Calixto Ochoa, Luis Enrique Martínez y
Pacho Rada, sus acordeoneros por excelencia.
Cuando
tenía15 años de edad, Pello inició su carrera musical al lado de Eligio Vega,
un cantante sahagunense, y junto a él, conformaron el grupo llamado “Los
dinámicos”, donde perduraron por más de cinco años.
En
el año 1977 hizo su primera participación en la inauguración del primer
Festival de Acordeoneros y Compositores “Daniel Vergara Méndez” en Sahagún,
donde se presentó un caso no muy común, el jurado declaró empate entre Pedro
Elías y Freddy Sierra, Rey Vallenato 1995. “El premio era de madera y ambos
queríamos el trofeo, para no quedar inconformes, Freddy partió el trofeo por la
mitad, él se llevó su parte y yo la mía”, dice entre risas Elías Peña.
La música ha sido una
terapia para mi vida
Pedro
Elías, asegura que la música ha sido una terapia en su vida después de recibir
un disparo en el año 1983 en medio de una discusión cuando se encontraba tocando
en una caseta en el Samurai, en el municipio de Sahagún. Fue
un momento muy difícil en su vida, estuvo dos meses internado en una clínica de
Medellín, luego fue remitido a la ciudad de Cartagena donde también duró dos
meses y finalmente su recuperación final fue en su tierra natal Sahagún.
En
el año 1984, muy deprimido y triste por lo sucedido, fue motivado por sus
amigos Remberto Martínez, Joaquín Solano y Eligio Vega a participar en el
Festival Bolivarense del Acordeón en Arjona, Bolívar, consiguiendo así, el
primer lugar del festival en mención.
Recuerda
con mucho orgullo ese premio, ya que al subir a la tarima en silla de ruedas,
muchos de los espectadores se sorprendieron al ver cómo tocaba el acordeón, en
ese momento fue aplaudido y ovacionado por el pueblo arjonero.
Después
de unos días de haber ganado este inolvidable premio, Pedro Elías decidió
viajar a la ciudad de Bogotá, donde hizo parte de la Fundación ASCOPAR, ahí
crearon un grupo vallenato con discapacitados, recorriendo muchas ciudades del
país como Cali, Valledupar, Ibagué, Quindío, Buenaventura, entre otras, donde también
le tocaban a personas con discapacidades físicas.
Agarrando
sus manos, con una sonrisa en su rostro y mirando hacía el techo, Pello Elías
relata con orgullo que no recibía ningún ingreso económico por viajar y tocarles
a estas personas con las que tenía algo en común, su mayor satisfacción era verlos
sonreír y bailar lo que tocaba con su acordeón.
En
ese mismo año, recuerda con mucha felicidad cuando estuvo por primera vez en
televisión en el canal Caracol en la Teletón y tuvo la oportunidad de mostrar
el grupo del que hacía parte. “Ha sido uno de mis mayores logros en la música”,
afirma Pello.
La vida musical de “Pello”
Elías
Pedro
Elías Peña, ha grabado 19 producciones musicales al lado de diferentes
cantantes como Miguel Cabrera, Eduardo Cardeñas, Ángel Orozco, Elías Rosado,
Erick Vega, Carlos Tirado, Alberto Machado, entre otros.
Una de
las producciones musicales que más recuerda con agrado fue con Miguel Cabrera,
titulada ‘Los excelentes’, en el año 1984 de la cual se desprenden temas como
“La violina, mi consuelo” y “Camino al éxito”.
En
el año 1986, grabó uno de sus álbumes favoritos ‘Sorprendiendo a Colombia’, con
Carlos Tirado, desprendiéndose el tema musical “Casualidad” de la autoría de
Silfredo Rada. En
el año 2001, Pedro Elías decidió grabar con Alberto Machado una producción
cristiana titulada “La familia”, no salió en la portada del CD porque tenía que
estar convertido.
Elías,
ha participado en más de 100 festivales, ha sido ganador de más de 40 condecoraciones en diferentes categorías, dejando en alto el nombre de su
pueblo. Asegurara
que solo le falta ganar el Festival de la Leyenda Vallenata, que se lleva a
cabo en la ciudad de Valledupar, donde por más de diez veces ha llegado a la
semifinal.
Entre
el polvo y estrago del tiempo conserva en una improvisada vitrina en la pared
de su cuarto, más de 30 condecoraciones que ha ganado en los diferentes
festivales en los que ha participado. En
su vida musical ha sido compositor de una canción titulada “Mi negra querida”,
inspirado en las mujeres e incluida en una de las producciones musicales que
grabó junto a Eduardo Cardeñas.
Su
mayor sueño es grabar una producción musical al lado de Silvio Brito, se
apropia de lo que decía Alejo Durán “La música tiene que evolucionar”, su
admiración por los acordeoneros de la actualidad la refleja en Israel Romero y
Rolando Ochoa y los cantantes que considera que van por buen camino en el
vallenato son Silvestre Dangond y Martín Elías.
Hace
aproximadamente siete años, Pello creó una escuela de acordeoneros llamada
“Nuevo Futuro”, donde les brinda su experiencia y enseñanza a niños de 6 a 12
años de edad, actualmente tiene 20 alumnos y de su escuela han salido más de 50
acordeoneros, algunos profesionales.
Elías
Peña, a pesar de su discapacidad física es una persona que ha sabido ganarse el
pan de cada día. En la terraza de la casa de su mamá, que queda al lado de su
cuarto, tiene un pequeño negocio que él mismo atiende donde vende cervezas y
llegan sus viejos amigos de la música a
ver videos musicales vallenatos de la vieja y nueva generación.
“Los
artistas de Sahagún no son valorados y se olvidan de que existimos, el día que
me muera es que me van a recordar”, expresó Elías con algo de nostalgia.
Una
de sus mayores satisfacciones es ver a los acordeoneros que fueron sus alumnos
participando en los diferentes festivales de música vallenata, y resaltó que al
irse de este mundo quisiera ser recordado como alguien que pasó y dejó huellas
en la historia de la música de su pueblo Sahagún.
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