jueves, 29 de mayo de 2014

El gato: rebelde, militar y ladrón.

PARA PROTEGER LA IDENTIDAD DEL GATO SE RESERVA SU VERDADERO NOMBRE.

EL GATO: REBELDE, MILITAR Y LADRÓN.

La situación económica era cada vez más apremiante, no tenía un solo centavo, Eugenio López llamó a uno de sus colegas para saber cuál era el plan. “Peyo, necesito plata, ¿puedes venir en la moto?, necesito rebuscarme algo”.

Por Karen Lorena Martínez Galeano

A eso de las siete de la noche era difícil encontrar una víctima que no se convirtiera en un dolor de cabeza. A través del cristal de protección del casco Eugenio y su acompañante divissaron transitando por la acera a una ancianda de más o menos unos 60 años. Parecía llevar un bolso, era necesario averiguarlo.

Los gritos y el murmullo de la gente consternada más que despertar el alboroto se conviertieron en una cortina de humo que hizo desaparecer en medio de la noche a los dos hombres, ya con el bolso en sus manos.

Es así como muchas veces Eugenio López, a sus 25 años, se sirve de sus artimañas como ladrón para llevar a su casa unos pesos para comer. Recien había llegado de un agitado día en la universidad. Encontré en la terraza de mi casa a un viejo amigo, con el que solía compartir tardes de juego. Me pidió un vaso de agua, también le ofrecí asiento, de modo que pudiéramos conversar.

“En los negocios sucios me conocen como El Gato. Te voy a contar una breve historia”.

Eugenio era simpatizante de la vida fácil, a sus 16 años escapó de su casa. No parecía tener necesidad alguna de hacerlo. Su familia, en aquel entonces lo tenía todo, pero la rebeldía sin causa de un adolescente cegado por el vicio y el deseo de libertad lo llevó a las calles. En varias ocasiones regresó acompañado de ayuda psicológica, que finalmente resultó inútil.

Había pasado por las mejores instituciones educativas de Montería: Gimnasio Vallegrande, Gimnasio América, Liceo Montería, Colegio Nacional José María Córdoba y finalmente el Liceo Universitario Juan Manuel Méndez Bechara, donde culminó sus estudios en el año 2008. En su estancia en las calles buscó la manera de conseguir dinero para costear sus gastos personales que iban desde elementos de aseo hasta dosis mínimas de cocaína.

Mientras tanto su madre, una mujer joven y preocupada por las andanzas de su hijo buscaba la manera de ofrecerle un mundo mejor y financió sus estudios de Arquitectura y Obras Civiles en el Tecnológico San Agustín. La vida de Eugenio transcurría entre las drogas, la delincuencia común y las extorsiones hasta que un día la policía lo capturó por porte ilegal de estupefacientes entre las calles 38 y 39, sitio que se conoce como “La Zona”.

Permaneció pocos días bajo la custodia de las autoridades, pero el verdadero problema para Eugenio no era estar en la cárcel, sino lo que le esperaba al salir. Las personas con las que había negociado no estaban felices y le seguían la pista por haber perdido la mercancía que debía ser vendida, lo que lo obligó a escapar de la ciudad hasta Coveñas, Sucre, con el fin de prestar el sevicio militar en la infantería de Marina.

Tras tres meses de entrenamiento logró jurar bandera y fue trasladado a Corozal bajo el cargo de guardia. Una noche después de haber recibido, uno de sus compañeros le presentó una idea que Eugenio no consideraba del todo descabellada. Recibió de manos de su amigo un pequeño y arrugado papel en el que se encontraba anotado un número telefónico.

Una vez llegada la madrugada eugenio se animó a llamar, al otro lado de la vocina contesta una mujer en un tono suave y lujurioso, se trataba de Johanna Madrid una prostituta paisa que recién había celebrado sus quince años. Eugenio la invitó a pasar la noche con él. “Le di lo que mejor sé hacer” añadió eugenio entre carcajadas en medio del sofocante calor del medio día.

La chica encantada, después de haber aceptado las condiciones de eugenio: blusa roja, minifalta blanca y tacones negros; asistió. Después del furtivo encuentro Johanna y Eugenio frecuentaban sus visitas hasta llegar incluso a entablar una relación sentimental, que dio como resultado un embarazo.

Eugenio no veía con buenos ojos el oficio de su mujer, con el fin de conseguir algo más rentable le ofreció ingresar drogas a la cárcel de Corozal a través de un método que consistía en embutir sustancias alucinógenas en preservativos que viajarían dentro de la vagina de su Johanna. Luego de 15 meses y a tres días de finalizar su servicio militar Eugenio fue suspendido por insubornación según el código militar por intento de homicidio a un suboficial, depués de dispararle con un fusil en su pierna derecha.

“El tipo me empezó a molestar y me sacó la piedra y fue ahí cuando le metí un balazo” dijo mientras se acomodaba en la mecedora, tomando el último sorbo de agua. Eugenio abandonó a su mujer y su hija, Sharon, que para entonces tenía tres meses. Johanna se negaba a compañarlo en su regreso a Montería, así que decidió volver solo.

Tres meses después conoció a Rosa, una mujer joven, cabello negro de contextura gruesa y baja de estatura. Una mujer amorosa y trabajadora con la que actualmente convive.
Eugenio trabajó temporalmente en una constuctora y una vez finalizado el contrato y al ver que la situación económica empeoraba con el paso de los días decidió volver a delinquir.

“Salí de allá y me encontré con la cruda realidad: que la libreta militar no sirve para nada. No encontré trabajo y ajá… me puse a robar”. 



Carmela: "la señora que tiene Sida"

Reportaje
Carmela: “la señora que tiene Sida”



Carmela Naranjo sigue siendo para los habitantes de Ciénaga de Oro toda una desconocida, cuando la ven solo dicen “la señora que tiene sida”, a ella no le ha quedado más que seguir pidiendo limosna en las calles y casas del pueblo, mientras que su marido solo hace por conseguir para satisfacer sus vicios y maltratarla.

Por: William Alberto Almanza Posada.



Ciénaga de Oro

Entre la multitud desinteresada por la gente que no tiene recursos económicos para hacer su mercado observo a “la señora que tiene sida” pidiendo limosna para comprar algo de comer. Carmela Naranjo es una mujer de piel morena, con manchas en todo el cuerpo y el rostro desgastado por la enfermedad.

En el año 2010, la señora Carmela llegó desplazada por la violencia del departamento del Atlántico al municipio de Ciénaga de Oro, Córdoba, a radicarse en el territorio que llaman comúnmente “La invasión”, donde vive con su esposo y sus cuatro hijos de siete, cinco, tres y dos años.

A los dos años de estar radicada en Ciénaga de Oro quedó en embarazo de Juan Luis (su hijo menor) quien también se encuentra contagiado de la infección de transmisión sexual, a casusa del mal cuidado de su embarazo.

La vivienda en la cual habita esta familia de invasores se encuentra construida a base de restos de tabla, algunos clavos oxidados, el techo esta hecho de palma y uno que otro pedazo de cartón. A simple vista se puede observar el mal estado de la vivienda, la poca pintura que le queda a las tablas y el piso de tierra.

Su compañero sentimental es un señor de aproximadamente 40 años, también infectado, se le nota el deterioro físico y psicológico. “Él sale a tomar y consume sustancias alucinógenas, cuando llega en ese estado me maltrata”, aseguró Carmela mientras cargaba a su hijo menor.

Carmela vive de lo poco que recoge en las calles, la mayoría de veces que se acerca a pedir una limosna para darles de comer a sus niños es discriminada por la enfermedad. “Desde que estoy aquí no he podido conseguir un trabajo, la gente me desprecia porque dicen temer a ser contagiados por mi enfermedad”, expresó con una voz entrecortada, al tiempo que trataba de recoger su cabello enredado y sucio.

Sus cuatro hijos se encuentran privados de la educación, puesto que no tienen recursos económicos para asistir a un plantel educativo. No obstante, el padre de estos menores no se preocupa por la educación y el alimento de ellos. Su única preocupación es conseguir, expender y consumir droga.

Esta humilde familia se vino desplazada desde el municipio de Soledad, Atlántico de donde fueron sacados a golpes, ultrajados y todas sus pertenencias fueron tiradas a la calle, esto desató ira, tristeza en ellos. Tanta fue la necesidad que las pocas cosas que tenían tuvieron que venderlas para poder sostenerse varios días hasta saber a dónde irían.

En medio de la tristeza y el desespero de Carmela al cargar con sus tres hijos y un mal marido tomó la decisión de vender su cuerpo al mejor postor, para así poder conseguir el dinero suficiente para trasladarse a otro lugar. “En marzo de 2010 nos vinimos en un bus que pagamos con lo poco que habíamos reunido, pero no contábamos con la suerte de que solo nos alcanzó para llegar a la Ye”, afirmó la señora Carmela.

La búsqueda de un techo para ellos y sus hijos fue inútil, pues no encontraron donde vivir. Se vieron obligados a seguir su camino pidiendo limosnas, comida y demás cosas que les fueran útiles para sostenerse. Entre chances, ruegos y malas caras lograron llegar hasta Ciénaga de Oro, municipio que se encuentra aproximadamente a 40 minutos de la capital Cordobesa. 

“Nuestro propósito era llegar a Montería pero el cuerpo ya no nos daba para más”, afirmó Carmela recordando esa travesía. Como no tenían dinero, ni conocimiento de dónde se encontraban optaron por caminar por las calles del pueblo, buscando donde quedarse y pidiendo algo de comer para los niños.

Después de varios días caminando en las calles, durmiendo en las terrazas y en las bancas del parque se fijaron en “La invasión”, sitio donde habitan familias desplazadas y de bajos recursos. Fue allí donde lograron radicarse y armar la casa en la que hoy viven.

Después de dos años de estar en Ciénaga de Oro quedó en embarazo riesgoso, lo que la obligó asistir al centro hospitalario, donde le practicaron unos estudios médicos los cuales arrojaron que la paciente Carmela Naranjo se encontraba contagiada de VIH (Sida). Dada esta circunstancia fue enviada a casa bajo recomendaciones médicas para que tanto ella como su bebé estuvieran en buenas condiciones de salud, pero no fue así. Para Carmela era el fin del mundo.

Sentía la necesidad y la urgencia de tener que contarle a su compañero sentimental la dura realidad de ser portadora de VIH por tratar de conseguir unos pesitos. “Cuando le conté la amarga noticia mi marido se perdió varios días de aquí, regresó drogado y borracho. Desató su ira y lanzó golpes contra mí”, relató Carmela. 

Al ver que la situación no mostraba mejoría, se vio obligada a pedir dinero y enseres en las casas para alimentar a sus hijos, mientras su marido solo se preocupaba por sus propios beneficios, no superaba la traición de Carmela al haber acabado con su vida por dicha enfermedad.

Carmela Naranjo sigue siendo para los habitantes de Ciénaga de Oro toda una desconocida, cuando la ven solo dicen “la señora que tiene sida”, a ella no le ha quedado más que seguir pidiendo limosna en las calles y casas del pueblo, mientras que su marido solo hace por conseguir para satisfacer sus vicios y maltratarla.


domingo, 25 de mayo de 2014

Asesinato en El Diluvio

24 años después su yerno descubriría, en medio de una borrachera, las verdaderas circunstancias de la muerte de Pablo Rivera.

ASESINATO EN EL DILUVIO

En el año 1990, Pablo Rivera encontraría la muerte sentada en la mesa del Diluvio, conversando con sus amigos, a la espera del instante preciso

Por: Hamilton Luís Negrete Ortega

I

A la mañana siguiente Santos Rivera cargaría con la trágica noticia a casa de Luis Negrete. El cadáver había sido encontrado junto al árbol de zapotillo que estaba a unos metros de la entrada del Diluvio. Santos ignoraba que aquel hombre conocía todos los detalles sobre la muerte de su hermano.

II

Pablo Rivera era uno de los muchos trabajadores que hacían parte del cuerpo de jornaleros de la hacienda El Diluvio, ubicada a unos diez kilómetros al sur del municipio de Tierralta, Córdoba. Con 850 hectáreas y bañada por decenas de riachuelos que desembocaban en la ciénaga de Betancí, era una de las haciendas más extensas y prósperas del Alto Sinú.

Contaba con un gran número de hombres y mujeres que durante el día se repartían los quehaceres y mantenían en pie la propiedad. Era una casona antigua de treinta metros de ancho por treinta de largo, protegida por una cerca de roble, con hermosos patios y jardines que rodeaban el inmenso corredor de piso que comunicaba la casa, la cocina trasera y los jardines principales.

Pablo se dedicaba a labrar la tierra para la siembra de maíz, arroz o cualquier otra cosa que proporcionara ingresos a la hacienda. Era un indio entrado en años, tenía las manos agrietadas y manchadas por el trabajo.

Sostenía amores con una de las vecinas del Diluvio, una mujer corpulenta, color canela llamada Clemencia y por la cual tuvo un violento percance con Jaime Negrete, primo de Luis, e hijo de un poderoso hacendado de la región.

En el enfrentamiento por el amor de Clemencia se sortearon a ras del machete los sentimientos de la mujer.  El primero en atacar fue Pablo, quien lanzó una fugaz estocada al torso de Jaime, que para su suerte y desgracia detuvo el arma de un solo movimiento. El filo del machete se deslizó dolorosamente sobre la palma de su mano y le causó una hemorragia que lo obligó a trasladarse a un hospital de Tierralta.

Jaime estuvo a punto de perder la vida desangrado a causa de aquel incidente.
Encolerizado por el hecho, Bienvenido Negrete, padre de Jaime, decidió vengar a toda costa la injuria que le fue causada a su hijo.

III

Al día siguiente, a eso de las nueve de la mañana, en medio del que prometía ser un sol sofocante Luis Negrete descuartizaba una vaca en uno de los patios del Diluvio.
La servidumbre preparaba el desayuno y la hacienda recibía la visita de un par de muchachas, hijas de Alfredo Palacios.

Untado de sangre y sesos de pies a cabeza Luis divisó desde el patio contiguo a la cocina a tres hombres que a pie atravesaban el jardín desde el trecho que da a la entrada, pasando por el salón de piso en bruto, hasta llegar a su encuentro.

Se trataba de un hombre fornido, de manos gruesas y tez amarilla. Lo acompañaban dos hombres más, ambos de piel morena. Uno de ellos tenía una verruga al costado derecho de su boca y el otro era delgado, de contextura  no muy robusta.

Luis imaginó por sus rasgos que podrían ser campesinos.

—Buenos días. Mire, ¿Por qué no me regala un poco de desayuno? ¿Hay algo de comida? — preguntó el hombre de tez amarilla.
—Si no hay se les prepara— propuso Luis enérgicamente.
Los ojos de aquel hombre escrutaron con detenimiento la ropa manchada de sangre hasta la última hebra.
—Oiga uno estando así, sucio de sangre, pero lleno, está sabroso— comentó en el instante en que dirigía sus pasos en torno a la mesa.
—¿Quiénes trabajan aquí? — preguntó nuevamente.
—Aquí trabajan John Negrete, Plinio Negrete, Gustavo Negrete, Roberto Negrete y yo me llamo Luis Negrete— contestó Luis en un tono amable y conversador.
—Aquí todos son Negrete— respondió el hombre con un aire burlesco y algo sorprendido por la casualidad de los apellidos.
¿Y aquí no trabaja Pablo Rivera?
Sí señor.
¿Y dónde está?
—Está en la orilla de aquella quebrada— Luis apuntó con el dedo en dirección a los potreros que se encontraban detrás de la casa —. Es bastante lejos.
—¿Y está hondo?¿Está muy malo eso por allá?
—Está malo— reiteró Luis.
—¿Y a qué hora regresa?
—Como a las doce del día

Las respuestas parecían no convencer a los visitantes y la vehemencia de sus preguntas despertaba cierta curiosidad en Luis. Debía ser una cuestión de dinero.

—¿Y para ir allá está muy hondo?
—Está hondo, hay quebradas en las que hay que nadar para atravesarlas.
—Entonces habrá que esperarlo— tomó asiento, le ofreció un par de taburetes a sus acompañantes y dio por terminada la conversación.
Al cabo de un tiempo la servidumbre se dispuso a servirles el desayuno: mazamorra, tajadas de plátano verde y queso.
Mientras devoraban con avidez el plato celebraban a las mujeres su buen sazón para la comida.
—Yo sí como mazamorra, bastante. Fui criado de abuela y ella nos daba mazamorra desde pequeños— comentaba.

Las horas pasaron, el creciente calor señalaba la llegada del medio día y el hombre de tez amarilla y sus acompañantes aguardaban pacientemente. Pronto las mujeres comenzarían a preparar el almuerzo.

IV

A las doce en punto, vestido con una camisa y un pantalón cuyos colores no alcanzaban a descifrarse entre el fango, la tierra y el polvo la figura tostada de Pablo se vislumbró en los potreros, aproximándose a la casa.

Una vez a la sombra del Diluvio Pablo se dirigió inmediatamente a su habitación, un cuarto pequeño que se encontraba repleto de sillas para montar y toda clase de objetos relacionados con la caballería. Se despojó de sus mugrientas prendas y se puso una bermuda de overol  para luego ir a comer. En la mesa se encontraban Luis, las hijas de Alfredo Palacios, el Moncholo (uno de los vaqueros de la hacienda), Alberto Vega (el capataz) y los tres hombres que lo buscaban.

—¿Cómo están?— saludó Pablo al momento que tomaba un taburete y se ubicaba entre Luis y el Moncholo.
—Bien— respondió satisfecho el hombre de tez amarilla —. ¿Es usted Pablo Rivera?
—Sí señor, a sus órdenes. ¿Qué se le ofrece?

El hombre llevó su mano al bolsillo, desenfundó una pistola de un color blanco cegador y apuntó directamente a las costillas de Pablo. Luis experimentó un gélido temor que recorría su espalda y le congelaba los nervios. Sus ojos se pasearon por el lugar y se posaron exaltados sobre el Moncholo, que se encontraba pálido y flaqueado por el horror, al igual que los demás.

—¡Arree guevón!— Imperó.

El hombre de tez amarilla insertó sus ojos en Pablo, que dominado por el miedo y la sorpresa no era completamente consciente de lo que sucedía a su alrededor. Desorientado, se levantó de la silla sin pronunciar palabra alguna. Pablo y sus verdugos avanzaron unos cincuenta metros hasta el camino que daba entrada y salida a la hacienda.

Luis se puso en pie y se dirigió rápidamente al cercado para poder treparse y observar con más claridad lo que iba a suceder.

—¡Bájate de ahí Lucho!— replicaba la pequeña muchedumbre que aún impávida no se recuperaba del estupor de aquella escena.
—¡No, yo quiero ver qué van a hacer con él!


V

Los tres disparos: uno en la nuca, otro en la espalda y el último, pero no menos letal, en la parte de atrás de la rodilla hicieron eco atravesando el aire viciado por el calor y retumbando en los oídos de quienes se encontraban en la casa.

En medio de la sofocación causada por el estruendo y tras exclamar anónimamente "¡Lo mataron!" la servidumbre y gran parte de los trabajadores saltaron las cercas y envaretados rumbo a los bajos de las quebradas

Algunos se escondieron entre las plantaciones de plátano, huyendo de aquellos hombres  que podían acabar con sus vidas, tal como hicieron con Pablo. En el lugar solo quedaron Alberto Vega, las hijas de Alfredo Palacios y Luis; quien después de haber pasado el día con los asesinos no sentía temor. De haber querido matarlo a él, o a cualquier otro, lo habrían hecho desde un principio, eso pensaba.

—¡Vienen para acá!— exclamó Luis al tiempo que saltaba desde lo alto de la cerca y se incorporaba a la compañía de los que aún permanecían en la casa, a la espera de cualquier cosa.
—Y los que estaba aquí, ¿A dónde se fueron?— preguntó el hombre de tez amarilla al llegar, mientras recorría con sus desorbitados ojos el lugar.
—Todos se fueron. Saltaron a las quebradas y los bajos— informó Luis.
—Bien, entonces los que están aquí vengan con nosotros— señaló el camino hacia un pequeño corral que se encontraba detrás de la cocina, donde solían encerrar a los carneros.
La zozobra los consumía. 

Todos se miraron unos a otros, temerosos de que aquellos hombres no quisieran cabos sueltos. ¿Los torturarían? ¿Los asesinarían para sembrarles silencio absoluto? Nadie sabía, solo restaba obedecer.

El hombre de tez amarilla se subió a  una de las estacas de la carneriza y se dirigió a los presentes:

—Bueno, matamos a ese hombre porque hacía ya siete años se estaba persiguiendo su vida jurídica. Lo matamos por ladrón, cuatrero y otras cosas más— explicó.

Sus ojos examinaban detenidamente a sus espectadores, para asegurarse de que comprendieran el mensaje a cabalidad. De su bolsillo izquierdo sacó una especie de cigarro blanco que empezó a fumar mientras hablaba. Las espesas gotas de sudor resbalaban por sus sienes, atravesaban sus mejillas y golpeaban la tierra con una fuerza torrencial. Sus compañeros se mostraban igualmente tensos.

—Ese señor que está muerto, ¿Qué se hace con él?¿Se avisa o qué?— preguntó Luis.
—¡No!— repuso violentamente —De aquí nadie se mueve a avisar nada. Que pase alguien por ahí, lo vea y avise.
—Bien, pero yo no soy de aquí, ¿Me puedo ir a mi casa?— volvió a preguntar Luis. Quería salir de ahí lo más pronto posible.
—Usted puede irse a su casa, pero así— se llevó el dedo índice a la boca —Callado.

Dichas estas palabras Luis ensilló uno de los caballos de la hacienda y se puso en marcha hasta su casa, no sin antes tomar el almuerzo, incluida la porción de Pablo. En el camino se detuvo a observar el cuerpo inerte de Pablo que se encontraba tendido sobre la hierba, de cuyas heridas se desbordaba la sangre de un color carmesí, acentuado por el sol.

El caballo dio varias vueltas al cadáver y clavó la pezuña en una de sus heridas (la que tenía en la parte trasera de la rodilla). Luis echó andar al animal.

Luis atravesó rápidamente las hectáreas que separaban su casa del Diluvio, asediado por el miedo de que lo estuvieran persiguiendo, o peor aún, de que alguien lo detuviera para interrogarlo. Le comentó a su esposa lo ocurrido, asegurándose de que guardara el secreto, y se echó a dormir.

VI

A la mañana siguiente Santos Rivera cargaría con la trágica noticia a casa de Luis Negrete. El cadaver había sido encontrado junto al árbol de zapotillo que estaba a unos metros de la entrada del Diluvio. Santos ignoraba que aquel hombre conocía todos los detalles sobre la muerte de su hermano.
Luis salió a recibirlo, sentía vergüenza por la inocencia de Santos y temor de que supiera algo que él no.
—Lucho— saludó Santos.
—¿Qué se le ofrece?
—Vine a decirte que mataron a Pablo.
—¿Cómo va a ser?— contestó Luis con la mayor sorpresa que su farsa le permitía exteriorizar.
—Solo quería pedirte un favor. Que nos regales unas tablas para mandar a hacerle la caja.

VII


Días  después Luis se enteraría que aquellos hombres que acabaron con la vida de Pablo eran guerrilleros de las Farc y que ese mismo día habían asesinado a otro hombre en una hacienda vecina. La hacienda era propiedad de un poderoso terrateniente de la región. Su nombre era Bienvenido Negrete, padre de Jaime Negrete. 



Del llanto a la sonrisa

La música, la fe y el perdón sanaron su corazón.

DEL LLANTO A LA SONRISA

Roberto Padilla vivió una odisea par alcanzar sus sueños y ser un hombre próspero, de bien y que aporta a su comunidad.

Por: Juan Martínez Caraballo

Se abren las puertas de la humilde morada de un  luchador por la vida y por el fortalecimiento de lo que se llama unión familiar, resaltando valores presentes y principios de disciplinas enseñados desde la antigüedad, él es Roberto Carlos Padilla Doria, un joven que con su estilo de vida nos demuestra que vale la pena vivir y avanzar hasta el final por cumplir los sueños en la vida.

Nació el 11 de marzo de 1991 en uno de los más hermosos pueblos del departamento de Córdoba en Colombia, llamado Ciénaga de oro, cuna ferviente del folclor y el porro. 

Roberto pasó terribles situaciones al ser fecundado en un hogar disfuncional en donde ambos padres tenían sus familias formadas. En este ambiente fue concebido  y sin cuidado alguno fue puesto en el hogar de la madre biológica, la que tenía por pensamiento en ese entonces que este era un hijo de desgracia y maldición para su vida.

Ella no lo quería, por ende, no le daba ninguna clase de afecto, amor y protección. El menor, después de un descuido al que fue puesto en su lugar de residencia se debatía entre la vida y la muerte, solo, tirado en una porcelana de aluminio y enfermo pudo ver en la vida una segunda oportunidad.

Su prima tenía por costumbre visitarlo todos los días debido al aprecio que sentía por él, ella al percatarse que la casa estaba cerrada con seguridad por ambas partes y escuchar el llanto despavorido de aquel niño dentro del lugar corrió y puso en marcha un plan de rescate. Fue así como logró entrar. Tomó al niño medio muerto y lo llevó al centro de salud más cercano, donde le dieron atención inmediata y pudo volver a respirar y tener aliento de vida.

El resultado de toda esta odisea para un niño abandonado y rechazado, puesto a la terrible oscuridad de la soledad y el abandono, fue el ofrecimiento que dio su prima a la madre de Roberto, que consistía en tomarlo como un miembro más de su familia y darle los cuidados necesarios para su bienestar físico, basándolo en la enseñanza de valores cristianos y practicas espirituales para fortalecer su fe, ya que ella era cristiana.

“La vida es el regalo que alegra tu alma en el momento en que esta quiere desfallecer”, comenta Roberto con su tono de voz un poco entrecortado al recordar estos episodios y sentir el dolor del pasado.

Al seguir escuchando esta historia comenta que tuvo una niñez muy diferente a la de muchos niños, ya que le tocaba estudiar con los pocos recursos que su madre putativa conseguía en diversos oficios domésticos. Sus juegos eran salir a la calle con frutas o artesanías en madera que vendía para ayudar con las necesidades del hogar, al mismo tiempo le tocó crecer y ver el estable bienestar económico de sus hermanos biológicos, los cuales en la escuela lo negaban y decían que él era un accidente.

Su madre no quería tener ninguna clase de acercamiento con él, ni mucho menos de interacción por no ser un hijo del entorno familiar, su padre fue irresponsable, nunca le ayudó en lo que necesitaba y solo vivía su vida en placeres sexuales. Llevaba una  vida desordenada, llena de amigos por dinero e intereses personales. No siendo todo esto poca cosa, a su casa en el barrio San Isidro amigos, familiares y vecinos cercanos acudieron a doña Gladys Padilla, madre de su prima quien hasta ahora es la cuidadora y responsable de él.

Le aconsejaban que lo donara a alguna familia extranjera o que simplemente lo entregara a una entidad del estado protectora de los derechos de la niñez. La señora Gladys no escuchó voces negativas sino que creyó en lo que tenía y todos los días le decía “tú serás grande, tú eres muy bueno, tienes buenas habilidades y talentos”, palabras que llenaron su alma, su espíritu y mente para tener como meta ser un campeón de sueños, explica Roberto.

A los 8 años de edad descubrió su habilidad en la música y su buena expresión artística, fue en ese entonces cuando participó en diversos festivales de música cristiana donde ocupaba los primeros lugares. Contó con la aceptación de maestros de la escuela, amigos y familiares que lo apoyaron económicamente para que nunca dejara de soñar, así creció y se desarrolló bajo la mirada inclemente de la pobreza y la necesidad

Se puede resaltar algo muy importante en todo esto, y es el alto grado de fe que trasmitieron sus padres putativos para que Roberto no decayera ante la prueba y la adversidad. Logró ser un gran líder juvenil. A los 12 años de edad ayudaba a otros a poder surgir de la pobreza, fue también personero de su institución educativa, reconocido entre los mejores por su disciplina y desempeño en lo que hacía.

Del mismo modo  Roberto ha ganado reconocimientos por bienestar familiar y organizaciones sin ánimo de lucro por sus buenas ideas y deseos de ayudar a cambiar la cara de la situación actual a nivel global.

Hoy en día Roberto pudo perdonar a sus padres, abrazarlos y ayudarlos en diversas áreas de su vida, fomentando la importancia de valorar a todas las personas por muy malas que sean; no con odios ni rencores, sino con un corazón humilde y sincero para los demás.

En medio de todo lo acontecido logró ingresar a la universidad estudiar Administración en Salud, luego a una empresa privada  y trabajar con un salario digno en donde puede ayudar a los suyos y darle lo que en algún tiempo le faltó y hoy está a su alcance.


Es importante avanzar en medio de las pruebas “no rendirse ni desfallecer, sino más bien levantar nuestra frente en alto creer en nosotros mismos y decirle al mundo y a Dios: viene mi mejor temporada”, explica Roberto con un alto grado de convicción, que nos lleva a imaginar que todo se puede lograr si nos lo proponemos. 

"Las limitaciones físicas están en la mente" Pello Elías

“LAS LIMITACIONES FÍSICAS ESTÁN EN LA MENTE” PELLO ELÍAS


La discapacidad no es un impedimento para lograr lo que se quiere


Por: Miguel Ángel Guadiola Mizger.

Acostado en su cama, con un celular a su lado, un viejo abanico prendido, calmando el calor que azotaba la mañana, al lado su silla de ruedas y en la pared cuadros empolvados, retratado con su padre, el juglar del acordeón Alejo Durán y  parte de su niñez, vive en su pequeño cuarto ubicado en la Avenida al Hospital en el municipio de Sahagún Pedro “Pello” Elías Peña, como cariñosamente le llaman.

Pedro Elías Peña, es un acordeonero de 53 años de edad quien por más de 30 años ha estado sin caminar, debido a un disparo que recibió en medio de una discusión en una caseta en Sahagún, hecho que lo llevó a permanecer el resto de sus días en una silla de ruedas. Sin embargo, este episodio tan amargo no ha sido impedimento para mantener la alegría que lo ha caracterizado a lo largo de su vida.

Nació en el municipio de Sahagún un 9 de septiembre de 1960, hijo de José Miguel Elías, oriundo de una familia con vocación musical, he ahí su inclinación por tocar este hermoso instrumento; su madre, Alcira Peña, es una ama de casa, dedicada a su hijo y que siempre se encuentra a su lado para apoyarlo en todo lo que requiera.

Pedro Elías, lleva más de 41 años dedicado a la música, a los 12 años de edad aprendió a ejecutar el acordeón que le regaló su papá, incentivado por las notas de Alfredo Gutiérrez, Alejo Durán, Calixto Ochoa, Luis Enrique Martínez y Pacho Rada, sus acordeoneros por excelencia.

Cuando tenía15 años de edad, Pello inició su carrera musical al lado de Eligio Vega, un cantante sahagunense, y junto a él, conformaron el grupo llamado “Los dinámicos”, donde perduraron por más de cinco años.

En el año 1977 hizo su primera participación en la inauguración del primer Festival de Acordeoneros y Compositores “Daniel Vergara Méndez” en Sahagún, donde se presentó un caso no muy común, el jurado declaró empate entre Pedro Elías y Freddy Sierra, Rey Vallenato 1995. “El premio era de madera y ambos queríamos el trofeo, para no quedar inconformes, Freddy partió el trofeo por la mitad, él se llevó su parte y yo la mía”, dice entre risas Elías Peña.

La música ha sido una terapia para mi vida

Pedro Elías, asegura que la música ha sido una terapia en su vida después de recibir un disparo en el año 1983 en medio de una discusión cuando se encontraba tocando en una caseta en el Samurai, en el municipio de Sahagún. Fue un momento muy difícil en su vida, estuvo dos meses internado en una clínica de Medellín, luego fue remitido a la ciudad de Cartagena donde también duró dos meses y finalmente su recuperación final fue en su tierra natal Sahagún.

En el año 1984, muy deprimido y triste por lo sucedido, fue motivado por sus amigos Remberto Martínez, Joaquín Solano y Eligio Vega a participar en el Festival Bolivarense del Acordeón en Arjona, Bolívar, consiguiendo así, el primer lugar del festival en mención.

Recuerda con mucho orgullo ese premio, ya que al subir a la tarima en silla de ruedas, muchos de los espectadores se sorprendieron al ver cómo tocaba el acordeón, en ese momento fue aplaudido y ovacionado por el pueblo arjonero.

Después de unos días de haber ganado este inolvidable premio, Pedro Elías decidió viajar a la ciudad de Bogotá, donde hizo parte de la Fundación ASCOPAR, ahí crearon un grupo vallenato con discapacitados, recorriendo muchas ciudades del país como Cali, Valledupar, Ibagué, Quindío, Buenaventura, entre otras, donde también le tocaban a personas con discapacidades físicas.

Agarrando sus manos, con una sonrisa en su rostro y mirando hacía el techo, Pello Elías relata con orgullo que no recibía ningún ingreso económico por viajar y tocarles a estas personas con las que tenía algo en común, su mayor satisfacción era verlos sonreír y bailar lo que tocaba con su acordeón.

En ese mismo año, recuerda con mucha felicidad cuando estuvo por primera vez en televisión en el canal Caracol en la Teletón y tuvo la oportunidad de mostrar el grupo del que hacía parte. “Ha sido uno de mis mayores logros en la música”, afirma Pello.

La vida musical de “Pello” Elías

Pedro Elías Peña, ha grabado 19 producciones musicales al lado de diferentes cantantes como Miguel Cabrera, Eduardo Cardeñas, Ángel Orozco, Elías Rosado, Erick Vega, Carlos Tirado, Alberto Machado, entre otros.

Una de las producciones musicales que más recuerda con agrado fue con Miguel Cabrera, titulada ‘Los excelentes’, en el año 1984 de la cual se desprenden temas como “La violina, mi consuelo” y “Camino al éxito”.

En el año 1986, grabó uno de sus álbumes favoritos ‘Sorprendiendo a Colombia’, con Carlos Tirado, desprendiéndose el tema musical “Casualidad” de la autoría de Silfredo Rada. En el año 2001, Pedro Elías decidió grabar con Alberto Machado una producción cristiana titulada “La familia”, no salió en la portada del CD porque tenía que estar convertido.

Elías, ha participado en más de 100 festivales, ha sido ganador de más de 40 condecoraciones en diferentes categorías, dejando en alto el nombre de su pueblo. Asegurara que solo le falta ganar el Festival de la Leyenda Vallenata, que se lleva a cabo en la ciudad de Valledupar, donde por más de diez veces ha llegado a la semifinal.

Entre el polvo y estrago del tiempo conserva en una improvisada vitrina en la pared de su cuarto, más de 30 condecoraciones que ha ganado en los diferentes festivales en los que ha participado. En su vida musical ha sido compositor de una canción titulada “Mi negra querida”, inspirado en las mujeres e incluida en una de las producciones musicales que grabó junto a Eduardo Cardeñas.

Su mayor sueño es grabar una producción musical al lado de Silvio Brito, se apropia de lo que decía Alejo Durán “La música tiene que evolucionar”, su admiración por los acordeoneros de la actualidad la refleja en Israel Romero y Rolando Ochoa y los cantantes que considera que van por buen camino en el vallenato son Silvestre Dangond y Martín Elías.

Hace aproximadamente siete años, Pello creó una escuela de acordeoneros llamada “Nuevo Futuro”, donde les brinda su experiencia y enseñanza a niños de 6 a 12 años de edad, actualmente tiene 20 alumnos y de su escuela han salido más de 50 acordeoneros, algunos profesionales.

Elías Peña, a pesar de su discapacidad física es una persona que ha sabido ganarse el pan de cada día. En la terraza de la casa de su mamá, que queda al lado de su cuarto, tiene un pequeño negocio que él mismo atiende donde vende cervezas y llegan sus viejos amigos de la música a  ver videos musicales vallenatos de la vieja y nueva generación.

“Los artistas de Sahagún no son valorados y se olvidan de que existimos, el día que me muera es que me van a recordar”, expresó Elías con algo de nostalgia.


Una de sus mayores satisfacciones es ver a los acordeoneros que fueron sus alumnos participando en los diferentes festivales de música vallenata, y resaltó que al irse de este mundo quisiera ser recordado como alguien que pasó y dejó huellas en la historia de la música de su pueblo Sahagún.