jueves, 22 de mayo de 2014

Bebiendo con el asesino



BEBIENDO CON EL ASESINO


“El tipo se tomó ocho cervezas, una más que los disparos que recibió, los perros no paraban de ladrar. La gente en el bar actuaba como quien sigue un conducto regular. Una vez adentro el asesino me dijo que esperara la requisa de la policía y que después me fuera. El tipo se despidió como si nada”.


Por: Hamilton Luis Negrete Ortega

Muchas veces en la vida gente ordinaria coincide con el fatídico hecho de presenciar un homicidio por azares del destino. Pero son  reducidas las ocasiones en las que el testigo se emborracha con el asesino e incluso se ofrece con el mayor de los encantos a hacerse cargo de la cuenta.

Doce años después, acostado en una hamaca de naylon azul trenzada a mano, Luis Negrete recuerda con admirable clarividencia la vez que compartió cervezas e historias con un sicario.
Bajo el techo de palma del kiosco de su finca el cambio de temperatura es abrumador, incomparable en el más mínimo grado al frío artificial del aire acondicionado.

El retumbar ahogado de los truenos, la escala de grises nubes que se dibujaban a lo lejos y el creciente chasquido de las ramas de los mangales causado por la brisa que surcaba los corales y arrancaba de un soplo las flores anunciaban que se acercaba un fuerte aguacero.

“Yo era soltero y salí a tomarme unas cervezas a una cantina en Tierralta. Allá me encontré con mi tío Rodolfo”.
El jardín era hermoso, atiborrado de corales de todos los colores dispuestos en todas las formas posibles alrededor de la casa. Las más vistosas eran sin duda las rojas, seguidamente las amarillas y por último las blancas, más pequeñas.

“Más tarde pasó por ahí un hombre a quien mi tío invitó por alguna razón a sentarse. Era un tipo amarillo vestido con una pantaloneta blanca, casi transparente y un suéter de política”.
Luis, quien hasta entonces permanecía inmóvil en la hamaca cruzó la pierna y acomodó sus brazos tras su nuca, a manera de almohada.

“Pasaron varias horas, mi tío ya se había ido. Pedí dos almuerzos y tomamos muchas cervezas hasta llegada la tarde cuando surgió en boca del extraño la idea de ir a un sitio llamado Cochetral, en busca de mujeres”.
Oscurecía cada vez más, en el kiosco la temperatura disminuía y los ensordecedores truenos hacían vibrar las conchas de totumo colgadas del techo que distribuídas en forma circular formaban una especie de ornamento campestre. El resto de hamacas vacías revoloteaba en el aire.

“Terminó por convencerme y llegamos al Cochetral. Tomamos asiento y nos pusimos a tomar. No había mujeres. A eso de las seis de la tarde llegó un hombre vestido completamente de negro y se sentó en una esquina”.

Toda la casa estaba llena de hojas sueltas derribadas por la intensidad de los vientos y en el patio centenares de mangos de toda clase y en todos los estados inundaban el ambiente de un empalagoso olor a almíbar. “Cuando ese tipo se pare, lo voy a matar”. Indicó Luis imitando el rústico acento del hombre que lo acompañaba.

La expresión de Luis se tornó lúgubre y sombría, su rostro empalideció y una ligera gota de sudor saltó de su barba hasta su pecho. “El tipo se paró y cruzó por nuestro lado. A los dos metros mi acompañante lo siguió hasta afuera del bar”.

Fue hace más de una década, pero aún en las noches de insomnio Luis dibuja la escena y le es imposible explicarse dónde cargaba aquel hombre el arma. Las nubes comenzaban a disiparse y una horda de pericos silvestres se alzaba de árbol en árbol ahogando cualquier sonido que se les atravesara.

“El tipo se tomó ocho cervezas, una más que los disparos que recibió, los perros no paraban de ladrar. La gente en el bar actuaba como quien sigue un conducto regular. Una vez adentro el asesino me dijo que esperara la requisa de la policía y que después me fuera. El tipo se despidió como si nada”. Luis escupió haciendo una mueca de repuganancia. Se acomodó la manga de la camisa y prosiguió.

“Obedecí. No sé si eran los tragos o la conmoción de los tiros pero caminé doce cuadras más de las que necesitaba para llegar a casa de Rafa Guzmán”. Añadió mientras aunaba fuerzas para recordar. “Un amigo que pasaba en  bicicleta me recogió cerca al Puerto, un tenebroso sitio lleno de burdeles, muy peligroso, y me llevó a casa de Rafa”.

El rostro de Luis se llenó de incredulidad y permaneció largo rato en silencio.

“Al día siguiente supe por Rafa que el hombre que habían matado era hijo del esposo de Dary, mi hermana”. El cielo estaba ya completamente despejado, aún hacía frío, pero tal parecía que ya no iba a llover.






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