PARA PROTEGER LA IDENTIDAD DEL GATO SE
RESERVA SU VERDADERO NOMBRE.
EL GATO: REBELDE, MILITAR Y LADRÓN.
La
situación económica era cada vez más apremiante, no tenía un solo centavo,
Eugenio López llamó a uno de sus colegas para saber cuál era el plan. “Peyo,
necesito plata, ¿puedes venir en la moto?, necesito rebuscarme algo”.
Por
Karen Lorena Martínez Galeano
A
eso de las siete de la noche era difícil encontrar una víctima que no se
convirtiera en un dolor de cabeza. A través del cristal de protección del casco
Eugenio y su acompañante divissaron transitando por la acera a una ancianda de
más o menos unos 60 años. Parecía llevar un bolso, era necesario averiguarlo.
Los
gritos y el murmullo de la gente consternada más que despertar el alboroto se
conviertieron en una cortina de humo que hizo desaparecer en medio de la noche
a los dos hombres, ya con el bolso en sus manos.
Es
así como muchas veces Eugenio López, a sus 25 años, se sirve de sus artimañas
como ladrón para llevar a su casa unos pesos para comer. Recien
había llegado de un agitado día en la universidad. Encontré en la terraza de mi
casa a un viejo amigo, con el que solía compartir tardes de juego. Me pidió un
vaso de agua, también le ofrecí asiento, de modo que pudiéramos conversar.
“En
los negocios sucios me conocen como El Gato. Te voy a contar una breve
historia”.
Eugenio
era simpatizante de la vida fácil, a sus 16 años escapó de su casa. No parecía
tener necesidad alguna de hacerlo. Su familia, en aquel entonces lo tenía todo,
pero la rebeldía sin causa de un adolescente cegado por el vicio y el deseo de
libertad lo llevó a las calles. En varias ocasiones regresó acompañado de ayuda
psicológica, que finalmente resultó inútil.
Había
pasado por las mejores instituciones educativas de Montería: Gimnasio
Vallegrande, Gimnasio América, Liceo Montería, Colegio Nacional José María
Córdoba y finalmente el Liceo Universitario Juan Manuel Méndez Bechara, donde
culminó sus estudios en el año 2008. En
su estancia en las calles buscó la manera de conseguir dinero para costear sus
gastos personales que iban desde elementos de aseo hasta dosis mínimas de
cocaína.
Mientras
tanto su madre, una mujer joven y preocupada por las andanzas de su hijo buscaba
la manera de ofrecerle un mundo mejor y financió sus estudios de Arquitectura y
Obras Civiles en el Tecnológico San Agustín. La
vida de Eugenio transcurría entre las drogas, la delincuencia común y las
extorsiones hasta que un día la policía lo capturó por porte ilegal de
estupefacientes entre las calles 38 y 39, sitio que se conoce como “La Zona”.
Permaneció
pocos días bajo la custodia de las autoridades, pero el verdadero problema para
Eugenio no era estar en la cárcel, sino lo que le esperaba al salir. Las
personas con las que había negociado no estaban felices y le seguían la pista
por haber perdido la mercancía que debía ser vendida, lo que lo obligó a
escapar de la ciudad hasta Coveñas, Sucre, con el fin de prestar el sevicio
militar en la infantería de Marina.
Tras
tres meses de entrenamiento logró jurar bandera y fue trasladado a Corozal bajo
el cargo de guardia. Una
noche después de haber recibido, uno de sus compañeros le presentó una idea que
Eugenio no consideraba del todo descabellada. Recibió de manos de su amigo un
pequeño y arrugado papel en el que se encontraba anotado un número telefónico.
Una
vez llegada la madrugada eugenio se animó a llamar, al otro lado de la vocina
contesta una mujer en un tono suave y lujurioso, se trataba de Johanna Madrid
una prostituta paisa que recién había celebrado sus quince años. Eugenio
la invitó a pasar la noche con él. “Le di lo que mejor sé hacer” añadió eugenio
entre carcajadas en medio del sofocante calor del medio día.
La
chica encantada, después de haber aceptado las condiciones de eugenio: blusa
roja, minifalta blanca y tacones negros; asistió. Después
del furtivo encuentro Johanna y Eugenio frecuentaban sus visitas hasta llegar
incluso a entablar una relación sentimental, que dio como resultado un
embarazo.
Eugenio
no veía con buenos ojos el oficio de su mujer, con el fin de conseguir algo más
rentable le ofreció ingresar drogas a la cárcel de Corozal a través de un
método que consistía en embutir sustancias alucinógenas en preservativos que
viajarían dentro de la vagina de su Johanna. Luego
de 15 meses y a tres días de finalizar su servicio militar Eugenio fue
suspendido por insubornación según el código militar por intento de homicidio a
un suboficial, depués de dispararle con un fusil en su pierna derecha.
“El
tipo me empezó a molestar y me sacó la piedra y fue ahí cuando le metí un
balazo” dijo mientras se acomodaba en la mecedora, tomando el último sorbo de
agua. Eugenio
abandonó a su mujer y su hija, Sharon, que para entonces tenía tres meses.
Johanna se negaba a compañarlo en su regreso a Montería, así que decidió volver
solo.
Tres
meses después conoció a Rosa, una mujer joven, cabello negro de contextura
gruesa y baja de estatura. Una mujer amorosa y trabajadora con la que
actualmente convive.
Eugenio
trabajó temporalmente en una constuctora y una vez finalizado el contrato y al
ver que la situación económica empeoraba con el paso de los días decidió volver
a delinquir.
“Salí de allá y me encontré con la cruda realidad: que la libreta militar no sirve para nada. No encontré trabajo y ajá… me puse a robar”.

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