domingo, 25 de mayo de 2014

Asesinato en El Diluvio

24 años después su yerno descubriría, en medio de una borrachera, las verdaderas circunstancias de la muerte de Pablo Rivera.

ASESINATO EN EL DILUVIO

En el año 1990, Pablo Rivera encontraría la muerte sentada en la mesa del Diluvio, conversando con sus amigos, a la espera del instante preciso

Por: Hamilton Luís Negrete Ortega

I

A la mañana siguiente Santos Rivera cargaría con la trágica noticia a casa de Luis Negrete. El cadáver había sido encontrado junto al árbol de zapotillo que estaba a unos metros de la entrada del Diluvio. Santos ignoraba que aquel hombre conocía todos los detalles sobre la muerte de su hermano.

II

Pablo Rivera era uno de los muchos trabajadores que hacían parte del cuerpo de jornaleros de la hacienda El Diluvio, ubicada a unos diez kilómetros al sur del municipio de Tierralta, Córdoba. Con 850 hectáreas y bañada por decenas de riachuelos que desembocaban en la ciénaga de Betancí, era una de las haciendas más extensas y prósperas del Alto Sinú.

Contaba con un gran número de hombres y mujeres que durante el día se repartían los quehaceres y mantenían en pie la propiedad. Era una casona antigua de treinta metros de ancho por treinta de largo, protegida por una cerca de roble, con hermosos patios y jardines que rodeaban el inmenso corredor de piso que comunicaba la casa, la cocina trasera y los jardines principales.

Pablo se dedicaba a labrar la tierra para la siembra de maíz, arroz o cualquier otra cosa que proporcionara ingresos a la hacienda. Era un indio entrado en años, tenía las manos agrietadas y manchadas por el trabajo.

Sostenía amores con una de las vecinas del Diluvio, una mujer corpulenta, color canela llamada Clemencia y por la cual tuvo un violento percance con Jaime Negrete, primo de Luis, e hijo de un poderoso hacendado de la región.

En el enfrentamiento por el amor de Clemencia se sortearon a ras del machete los sentimientos de la mujer.  El primero en atacar fue Pablo, quien lanzó una fugaz estocada al torso de Jaime, que para su suerte y desgracia detuvo el arma de un solo movimiento. El filo del machete se deslizó dolorosamente sobre la palma de su mano y le causó una hemorragia que lo obligó a trasladarse a un hospital de Tierralta.

Jaime estuvo a punto de perder la vida desangrado a causa de aquel incidente.
Encolerizado por el hecho, Bienvenido Negrete, padre de Jaime, decidió vengar a toda costa la injuria que le fue causada a su hijo.

III

Al día siguiente, a eso de las nueve de la mañana, en medio del que prometía ser un sol sofocante Luis Negrete descuartizaba una vaca en uno de los patios del Diluvio.
La servidumbre preparaba el desayuno y la hacienda recibía la visita de un par de muchachas, hijas de Alfredo Palacios.

Untado de sangre y sesos de pies a cabeza Luis divisó desde el patio contiguo a la cocina a tres hombres que a pie atravesaban el jardín desde el trecho que da a la entrada, pasando por el salón de piso en bruto, hasta llegar a su encuentro.

Se trataba de un hombre fornido, de manos gruesas y tez amarilla. Lo acompañaban dos hombres más, ambos de piel morena. Uno de ellos tenía una verruga al costado derecho de su boca y el otro era delgado, de contextura  no muy robusta.

Luis imaginó por sus rasgos que podrían ser campesinos.

—Buenos días. Mire, ¿Por qué no me regala un poco de desayuno? ¿Hay algo de comida? — preguntó el hombre de tez amarilla.
—Si no hay se les prepara— propuso Luis enérgicamente.
Los ojos de aquel hombre escrutaron con detenimiento la ropa manchada de sangre hasta la última hebra.
—Oiga uno estando así, sucio de sangre, pero lleno, está sabroso— comentó en el instante en que dirigía sus pasos en torno a la mesa.
—¿Quiénes trabajan aquí? — preguntó nuevamente.
—Aquí trabajan John Negrete, Plinio Negrete, Gustavo Negrete, Roberto Negrete y yo me llamo Luis Negrete— contestó Luis en un tono amable y conversador.
—Aquí todos son Negrete— respondió el hombre con un aire burlesco y algo sorprendido por la casualidad de los apellidos.
¿Y aquí no trabaja Pablo Rivera?
Sí señor.
¿Y dónde está?
—Está en la orilla de aquella quebrada— Luis apuntó con el dedo en dirección a los potreros que se encontraban detrás de la casa —. Es bastante lejos.
—¿Y está hondo?¿Está muy malo eso por allá?
—Está malo— reiteró Luis.
—¿Y a qué hora regresa?
—Como a las doce del día

Las respuestas parecían no convencer a los visitantes y la vehemencia de sus preguntas despertaba cierta curiosidad en Luis. Debía ser una cuestión de dinero.

—¿Y para ir allá está muy hondo?
—Está hondo, hay quebradas en las que hay que nadar para atravesarlas.
—Entonces habrá que esperarlo— tomó asiento, le ofreció un par de taburetes a sus acompañantes y dio por terminada la conversación.
Al cabo de un tiempo la servidumbre se dispuso a servirles el desayuno: mazamorra, tajadas de plátano verde y queso.
Mientras devoraban con avidez el plato celebraban a las mujeres su buen sazón para la comida.
—Yo sí como mazamorra, bastante. Fui criado de abuela y ella nos daba mazamorra desde pequeños— comentaba.

Las horas pasaron, el creciente calor señalaba la llegada del medio día y el hombre de tez amarilla y sus acompañantes aguardaban pacientemente. Pronto las mujeres comenzarían a preparar el almuerzo.

IV

A las doce en punto, vestido con una camisa y un pantalón cuyos colores no alcanzaban a descifrarse entre el fango, la tierra y el polvo la figura tostada de Pablo se vislumbró en los potreros, aproximándose a la casa.

Una vez a la sombra del Diluvio Pablo se dirigió inmediatamente a su habitación, un cuarto pequeño que se encontraba repleto de sillas para montar y toda clase de objetos relacionados con la caballería. Se despojó de sus mugrientas prendas y se puso una bermuda de overol  para luego ir a comer. En la mesa se encontraban Luis, las hijas de Alfredo Palacios, el Moncholo (uno de los vaqueros de la hacienda), Alberto Vega (el capataz) y los tres hombres que lo buscaban.

—¿Cómo están?— saludó Pablo al momento que tomaba un taburete y se ubicaba entre Luis y el Moncholo.
—Bien— respondió satisfecho el hombre de tez amarilla —. ¿Es usted Pablo Rivera?
—Sí señor, a sus órdenes. ¿Qué se le ofrece?

El hombre llevó su mano al bolsillo, desenfundó una pistola de un color blanco cegador y apuntó directamente a las costillas de Pablo. Luis experimentó un gélido temor que recorría su espalda y le congelaba los nervios. Sus ojos se pasearon por el lugar y se posaron exaltados sobre el Moncholo, que se encontraba pálido y flaqueado por el horror, al igual que los demás.

—¡Arree guevón!— Imperó.

El hombre de tez amarilla insertó sus ojos en Pablo, que dominado por el miedo y la sorpresa no era completamente consciente de lo que sucedía a su alrededor. Desorientado, se levantó de la silla sin pronunciar palabra alguna. Pablo y sus verdugos avanzaron unos cincuenta metros hasta el camino que daba entrada y salida a la hacienda.

Luis se puso en pie y se dirigió rápidamente al cercado para poder treparse y observar con más claridad lo que iba a suceder.

—¡Bájate de ahí Lucho!— replicaba la pequeña muchedumbre que aún impávida no se recuperaba del estupor de aquella escena.
—¡No, yo quiero ver qué van a hacer con él!


V

Los tres disparos: uno en la nuca, otro en la espalda y el último, pero no menos letal, en la parte de atrás de la rodilla hicieron eco atravesando el aire viciado por el calor y retumbando en los oídos de quienes se encontraban en la casa.

En medio de la sofocación causada por el estruendo y tras exclamar anónimamente "¡Lo mataron!" la servidumbre y gran parte de los trabajadores saltaron las cercas y envaretados rumbo a los bajos de las quebradas

Algunos se escondieron entre las plantaciones de plátano, huyendo de aquellos hombres  que podían acabar con sus vidas, tal como hicieron con Pablo. En el lugar solo quedaron Alberto Vega, las hijas de Alfredo Palacios y Luis; quien después de haber pasado el día con los asesinos no sentía temor. De haber querido matarlo a él, o a cualquier otro, lo habrían hecho desde un principio, eso pensaba.

—¡Vienen para acá!— exclamó Luis al tiempo que saltaba desde lo alto de la cerca y se incorporaba a la compañía de los que aún permanecían en la casa, a la espera de cualquier cosa.
—Y los que estaba aquí, ¿A dónde se fueron?— preguntó el hombre de tez amarilla al llegar, mientras recorría con sus desorbitados ojos el lugar.
—Todos se fueron. Saltaron a las quebradas y los bajos— informó Luis.
—Bien, entonces los que están aquí vengan con nosotros— señaló el camino hacia un pequeño corral que se encontraba detrás de la cocina, donde solían encerrar a los carneros.
La zozobra los consumía. 

Todos se miraron unos a otros, temerosos de que aquellos hombres no quisieran cabos sueltos. ¿Los torturarían? ¿Los asesinarían para sembrarles silencio absoluto? Nadie sabía, solo restaba obedecer.

El hombre de tez amarilla se subió a  una de las estacas de la carneriza y se dirigió a los presentes:

—Bueno, matamos a ese hombre porque hacía ya siete años se estaba persiguiendo su vida jurídica. Lo matamos por ladrón, cuatrero y otras cosas más— explicó.

Sus ojos examinaban detenidamente a sus espectadores, para asegurarse de que comprendieran el mensaje a cabalidad. De su bolsillo izquierdo sacó una especie de cigarro blanco que empezó a fumar mientras hablaba. Las espesas gotas de sudor resbalaban por sus sienes, atravesaban sus mejillas y golpeaban la tierra con una fuerza torrencial. Sus compañeros se mostraban igualmente tensos.

—Ese señor que está muerto, ¿Qué se hace con él?¿Se avisa o qué?— preguntó Luis.
—¡No!— repuso violentamente —De aquí nadie se mueve a avisar nada. Que pase alguien por ahí, lo vea y avise.
—Bien, pero yo no soy de aquí, ¿Me puedo ir a mi casa?— volvió a preguntar Luis. Quería salir de ahí lo más pronto posible.
—Usted puede irse a su casa, pero así— se llevó el dedo índice a la boca —Callado.

Dichas estas palabras Luis ensilló uno de los caballos de la hacienda y se puso en marcha hasta su casa, no sin antes tomar el almuerzo, incluida la porción de Pablo. En el camino se detuvo a observar el cuerpo inerte de Pablo que se encontraba tendido sobre la hierba, de cuyas heridas se desbordaba la sangre de un color carmesí, acentuado por el sol.

El caballo dio varias vueltas al cadáver y clavó la pezuña en una de sus heridas (la que tenía en la parte trasera de la rodilla). Luis echó andar al animal.

Luis atravesó rápidamente las hectáreas que separaban su casa del Diluvio, asediado por el miedo de que lo estuvieran persiguiendo, o peor aún, de que alguien lo detuviera para interrogarlo. Le comentó a su esposa lo ocurrido, asegurándose de que guardara el secreto, y se echó a dormir.

VI

A la mañana siguiente Santos Rivera cargaría con la trágica noticia a casa de Luis Negrete. El cadaver había sido encontrado junto al árbol de zapotillo que estaba a unos metros de la entrada del Diluvio. Santos ignoraba que aquel hombre conocía todos los detalles sobre la muerte de su hermano.
Luis salió a recibirlo, sentía vergüenza por la inocencia de Santos y temor de que supiera algo que él no.
—Lucho— saludó Santos.
—¿Qué se le ofrece?
—Vine a decirte que mataron a Pablo.
—¿Cómo va a ser?— contestó Luis con la mayor sorpresa que su farsa le permitía exteriorizar.
—Solo quería pedirte un favor. Que nos regales unas tablas para mandar a hacerle la caja.

VII


Días  después Luis se enteraría que aquellos hombres que acabaron con la vida de Pablo eran guerrilleros de las Farc y que ese mismo día habían asesinado a otro hombre en una hacienda vecina. La hacienda era propiedad de un poderoso terrateniente de la región. Su nombre era Bienvenido Negrete, padre de Jaime Negrete. 



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