24 años después su yerno descubriría, en medio de una borrachera,
las verdaderas circunstancias de la muerte de Pablo Rivera.
ASESINATO EN EL DILUVIO
En el año 1990, Pablo Rivera
encontraría la muerte sentada en la mesa del Diluvio, conversando con sus
amigos, a la espera del instante preciso
Por: Hamilton Luís Negrete Ortega
I
A la mañana siguiente Santos
Rivera cargaría con la trágica noticia a casa de Luis Negrete. El cadáver había
sido encontrado junto al árbol de zapotillo que estaba a unos metros de la
entrada del Diluvio. Santos ignoraba que aquel hombre conocía todos los
detalles sobre la muerte de su hermano.
II
Pablo Rivera era uno de los muchos
trabajadores que hacían parte del cuerpo de jornaleros de la hacienda El
Diluvio, ubicada a unos diez kilómetros al sur del municipio de Tierralta,
Córdoba. Con 850 hectáreas y bañada por decenas de riachuelos que desembocaban
en la ciénaga de Betancí, era una de las haciendas más extensas y prósperas del
Alto Sinú.
Contaba con un gran número de
hombres y mujeres que durante el día se repartían los quehaceres y mantenían en
pie la propiedad. Era una casona antigua de treinta metros de ancho por treinta
de largo, protegida por una cerca de roble, con hermosos patios y jardines que
rodeaban el inmenso corredor de piso que comunicaba la casa, la cocina trasera
y los jardines principales.
Pablo se dedicaba a labrar la
tierra para la siembra de maíz, arroz o cualquier otra cosa que proporcionara
ingresos a la hacienda. Era un indio entrado en años, tenía las manos
agrietadas y manchadas por el trabajo.
Sostenía amores con una de las
vecinas del Diluvio, una mujer corpulenta, color canela llamada Clemencia y por
la cual tuvo un violento percance con Jaime Negrete, primo de Luis, e hijo de
un poderoso hacendado de la región.
En el enfrentamiento por el amor
de Clemencia se sortearon a ras del machete los sentimientos de la mujer. El primero en atacar fue Pablo, quien lanzó
una fugaz estocada al torso de Jaime, que para su suerte y desgracia detuvo el
arma de un solo movimiento. El filo del machete se deslizó dolorosamente sobre
la palma de su mano y le causó una hemorragia que lo obligó a trasladarse a un
hospital de Tierralta.
Jaime estuvo a punto de perder la
vida desangrado a causa de aquel incidente.
Encolerizado por el hecho,
Bienvenido Negrete, padre de Jaime, decidió vengar a toda costa la injuria que
le fue causada a su hijo.
III
Al día siguiente, a eso de las
nueve de la mañana, en medio del que prometía ser un sol sofocante Luis Negrete
descuartizaba una vaca en uno de los patios del Diluvio.
La servidumbre preparaba el
desayuno y la hacienda recibía la visita de un par de muchachas, hijas de
Alfredo Palacios.
Untado de sangre y sesos de pies a cabeza Luis
divisó desde el patio contiguo a la cocina a tres hombres que a pie atravesaban
el jardín desde el trecho que da a la entrada, pasando por el salón de piso en
bruto, hasta llegar a su encuentro.
Se trataba de un hombre fornido,
de manos gruesas y tez amarilla. Lo acompañaban dos hombres más, ambos de piel
morena. Uno de ellos tenía una verruga al costado derecho de su boca y el otro
era delgado, de contextura no muy
robusta.
Luis imaginó por sus rasgos que
podrían ser campesinos.
—Buenos días. Mire, ¿Por qué no me
regala un poco de desayuno? ¿Hay algo de comida? — preguntó el hombre de tez
amarilla.
—Si no hay se les prepara— propuso
Luis enérgicamente.
Los ojos de aquel hombre
escrutaron con detenimiento la ropa manchada de sangre hasta la última hebra.
—Oiga uno estando así, sucio de sangre,
pero lleno, está sabroso— comentó en el instante en que dirigía sus pasos en
torno a la mesa.
—¿Quiénes trabajan aquí? —
preguntó nuevamente.
—Aquí trabajan John Negrete,
Plinio Negrete, Gustavo Negrete, Roberto Negrete y yo me llamo Luis Negrete—
contestó Luis en un tono amable y conversador.
—Aquí todos son Negrete— respondió
el hombre con un aire burlesco y algo sorprendido por la casualidad de los
apellidos.
—¿Y aquí no trabaja Pablo Rivera?
—Sí señor.
—¿Y dónde está?
—Está en la orilla de aquella
quebrada— Luis apuntó con el dedo en dirección a los potreros que se
encontraban detrás de la casa —. Es bastante lejos.
—¿Y está hondo?¿Está muy malo eso
por allá?
—Está malo— reiteró Luis.
—¿Y a qué hora regresa?
—Como a las doce del día
Las respuestas parecían no
convencer a los visitantes y la vehemencia de sus preguntas despertaba cierta
curiosidad en Luis. Debía ser una cuestión de dinero.
—¿Y para ir allá está muy hondo?
—Está hondo, hay quebradas en las
que hay que nadar para atravesarlas.
—Entonces habrá que esperarlo— tomó
asiento, le ofreció un par de taburetes a sus acompañantes y dio por terminada
la conversación.
Al cabo de un tiempo la
servidumbre se dispuso a servirles el desayuno: mazamorra, tajadas de plátano
verde y queso.
Mientras devoraban con avidez el
plato celebraban a las mujeres su buen sazón para la comida.
—Yo sí como mazamorra, bastante.
Fui criado de abuela y ella nos daba mazamorra desde pequeños— comentaba.
Las horas pasaron, el creciente
calor señalaba la llegada del medio día y el hombre de tez amarilla y sus
acompañantes aguardaban pacientemente. Pronto las mujeres comenzarían a
preparar el almuerzo.
IV
A las doce en punto, vestido con
una camisa y un pantalón cuyos colores no alcanzaban a descifrarse entre el
fango, la tierra y el polvo la figura tostada de Pablo se vislumbró en los
potreros, aproximándose a la casa.
Una vez a la sombra del Diluvio
Pablo se dirigió inmediatamente a su habitación, un cuarto pequeño que se
encontraba repleto de sillas para montar y toda clase de objetos relacionados
con la caballería. Se despojó de sus mugrientas prendas y se puso una bermuda
de overol para luego ir a comer. En la mesa se encontraban Luis,
las hijas de Alfredo Palacios, el Moncholo (uno de los vaqueros de la
hacienda), Alberto Vega (el capataz) y los tres hombres que lo buscaban.
—¿Cómo están?— saludó Pablo al
momento que tomaba un taburete y se ubicaba entre Luis y el Moncholo.
—Bien— respondió satisfecho el
hombre de tez amarilla —. ¿Es usted Pablo Rivera?
—Sí señor, a sus órdenes. ¿Qué se
le ofrece?
El hombre llevó su mano al
bolsillo, desenfundó una pistola de un color blanco cegador y apuntó
directamente a las costillas de Pablo. Luis experimentó un gélido temor
que recorría su espalda y le congelaba los nervios. Sus ojos se pasearon por el
lugar y se posaron exaltados sobre el Moncholo, que se encontraba pálido y
flaqueado por el horror, al igual que los demás.
—¡Arree guevón!— Imperó.
El hombre de tez amarilla insertó
sus ojos en Pablo, que dominado por el miedo y la sorpresa no era completamente
consciente de lo que sucedía a su alrededor. Desorientado, se levantó de la
silla sin pronunciar palabra alguna. Pablo y sus verdugos avanzaron
unos cincuenta metros hasta el camino que daba entrada y salida a la hacienda.
Luis se puso en pie y se dirigió
rápidamente al cercado para poder treparse y observar con más claridad lo que
iba a suceder.
—¡Bájate de ahí Lucho!— replicaba
la pequeña muchedumbre que aún impávida no se recuperaba del estupor de aquella
escena.
—¡No, yo quiero ver qué van a
hacer con él!
V
Los tres disparos: uno en la nuca,
otro en la espalda y el último, pero no menos letal, en la parte de atrás de la
rodilla hicieron eco atravesando el aire viciado por el calor y retumbando en
los oídos de quienes se encontraban en la casa.
En medio de la sofocación causada
por el estruendo y tras exclamar anónimamente "¡Lo mataron!" la
servidumbre y gran parte de los trabajadores saltaron las cercas y envaretados
rumbo a los bajos de las quebradas
Algunos se escondieron entre las
plantaciones de plátano, huyendo de aquellos hombres que podían acabar con sus vidas, tal como
hicieron con Pablo. En el lugar solo quedaron Alberto
Vega, las hijas de Alfredo Palacios y Luis; quien después de haber pasado el
día con los asesinos no sentía temor. De haber querido matarlo a él, o a
cualquier otro, lo habrían hecho desde un principio, eso pensaba.
—¡Vienen para acá!— exclamó Luis
al tiempo que saltaba desde lo alto de la cerca y se incorporaba a la compañía
de los que aún permanecían en la casa, a la espera de cualquier cosa.
—Y los que estaba aquí, ¿A dónde se
fueron?— preguntó el hombre de tez amarilla al llegar, mientras recorría con
sus desorbitados ojos el lugar.
—Todos se fueron. Saltaron a las
quebradas y los bajos— informó Luis.
—Bien, entonces los que están aquí
vengan con nosotros— señaló el camino hacia un pequeño corral que se encontraba
detrás de la cocina, donde solían encerrar a los carneros.
La zozobra los consumía.
Todos se
miraron unos a otros, temerosos de que aquellos hombres no quisieran cabos
sueltos. ¿Los torturarían? ¿Los asesinarían para sembrarles silencio absoluto?
Nadie sabía, solo restaba obedecer.
El hombre de tez amarilla se subió
a una de las estacas de la carneriza y
se dirigió a los presentes:
—Bueno, matamos a ese hombre
porque hacía ya siete años se estaba persiguiendo su vida jurídica. Lo matamos
por ladrón, cuatrero y otras cosas más— explicó.
Sus ojos examinaban detenidamente
a sus espectadores, para asegurarse de que comprendieran el mensaje a
cabalidad. De su bolsillo izquierdo sacó una
especie de cigarro blanco que empezó a fumar mientras hablaba. Las espesas
gotas de sudor resbalaban por sus sienes, atravesaban sus mejillas y golpeaban
la tierra con una fuerza torrencial. Sus compañeros se mostraban igualmente tensos.
—Ese señor que está muerto, ¿Qué
se hace con él?¿Se avisa o qué?— preguntó Luis.
—¡No!— repuso violentamente —De
aquí nadie se mueve a avisar nada. Que pase alguien por ahí, lo vea y avise.
—Bien, pero yo no soy de aquí, ¿Me
puedo ir a mi casa?— volvió a preguntar Luis. Quería salir de ahí lo más pronto
posible.
—Usted puede irse a su casa, pero
así— se llevó el dedo índice a la boca —Callado.
Dichas estas palabras Luis ensilló
uno de los caballos de la hacienda y se puso en marcha hasta su casa, no sin
antes tomar el almuerzo, incluida la porción de Pablo. En el camino se detuvo a observar
el cuerpo inerte de Pablo que se encontraba tendido sobre la hierba, de cuyas
heridas se desbordaba la sangre de un color carmesí, acentuado por el sol.
El caballo dio varias vueltas al
cadáver y clavó la pezuña en una de sus heridas (la que tenía en la parte
trasera de la rodilla). Luis echó andar al animal.
Luis atravesó rápidamente las
hectáreas que separaban su casa del Diluvio, asediado por el miedo de que lo
estuvieran persiguiendo, o peor aún, de que alguien lo detuviera para
interrogarlo. Le comentó a su esposa lo
ocurrido, asegurándose de que guardara el secreto, y se echó a dormir.
VI
A la mañana siguiente Santos
Rivera cargaría con la trágica noticia a casa de Luis Negrete. El cadaver había
sido encontrado junto al árbol de zapotillo que estaba a unos metros de la
entrada del Diluvio. Santos ignoraba que aquel hombre conocía todos los detalles
sobre la muerte de su hermano.
Luis salió a recibirlo, sentía
vergüenza por la inocencia de Santos y temor de que supiera algo que él no.
—Lucho— saludó Santos.
—¿Qué se le ofrece?
—Vine a decirte que mataron a
Pablo.
—¿Cómo va a ser?— contestó Luis
con la mayor sorpresa que su farsa le permitía exteriorizar.
—Solo quería pedirte un favor. Que
nos regales unas tablas para mandar a hacerle la caja.
VII
Días después Luis se enteraría que aquellos
hombres que acabaron con la vida de Pablo eran guerrilleros de las Farc y que
ese mismo día habían asesinado a otro hombre en una hacienda vecina. La
hacienda era propiedad de un poderoso terrateniente de la región. Su nombre era
Bienvenido Negrete, padre de Jaime Negrete.

Excelente narración.
ResponderEliminarMe recuerda mucho la trágica muerte de mi abuelo Rafael Alfonso Negrete Sáenz asesinado por guerrilleros del EPL en 1986 en la finca San José.
ResponderEliminarY yo soy una de las que quierela paz para Colombia.
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ResponderEliminarExcelente
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